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Este evangelio de Juan 15,1-8, podríamos calificarlo el de la unión con Cristo

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Este evangelio de Juan 15,1-8, podríamos calificarlo el de la unión con Cristo que se constituye cuando por nosotros corre la misma savia que corrió por su ser. Jesús nos presenta una imagen tradicional donde la vid es Jesús, el viñador es el Padre, las ramas son los discípulos,

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Este evangelio de Juan 15,1-8,

podríamos calificarlo el de la unión con Cristo

que se constituye cuando por nosotros

corre la misma savia que corrió por su ser.

Jesús nos presenta una imagen tradicional

donde la vid es Jesús,

el viñador es el Padre,

las ramas son los discípulos,

los frutos que dan gloria al Padre,

los que no permanecen en Cristo

son ramas secas e inútiles.

Todo esto sucede si se permanece o nó en él.

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La Vid, riquísima en valores Teológicos, simbolizaba a Israel que era famosa por

sus viñedos y sus higueras, de ahí que los profetas compararan al pueblo hebreo con una vid

o con una higuera, según los casos. (Os 9,10)

La imagen de la viña traduce el amor de Dios

para con su pueblo (Is 5,1; Jr 2,21; Ez 15,2;

Os 10,1; Sal 80,9).

En el frontón del atrio del Templo de Jerusalén

se esculpió una vid de oro.

La "viña" era el pueblo de Dios".

La destrucción de la viña, era símbolo

de las infidelidades y destrucción de Israel

( Is. 5; Jer. 2, 21; Sal. 80, 13-16; Ez. 19,10-40).

El fruto que Dios esperaba de Israel

era el cumplimiento de las dos exigencias fundamentales de la Ley: el amor a Dios

y el amor al prójimo como a sí mismo.

Practicar ese amor, encarnado, según Is 5,7 ( Mc 12,1-2), en la justicia y el derecho,

era la tarea preparatoria de la antigua alianza en relación con el reinado de Dios prometido.

Sin embargo este pueblo no ha dado los frutos deseados a lo largo de la historia.

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Frente a aquel pueblo que había sido infiel a Dios a lo largo de la historia, Jesús funda un nuevo pueblo, una comunidad humana nueva, verdadero pueblo de Dios, cuya identidad le viene de

la unión con él, que le comunica incesantemente el Espíritu, y el fruto de su actividad depende

de ella. Cuando Jesús dice: "Yo soy la verdadera viña", afirma: "Yo soy el verdadero pueblo de Dios, el nuevo Israel". La Vid en la que se complacerá el Padre. La Vid que nos vivificará a todos.

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Cristo parece identificado con esta misteriosa planta, cuya sangre - el vino - es asumida

como su propia sangre derramada en la cruz y entregada en la Eucaristía.

De esta nueva humanidad-vid participan los sarmientos-seguidores en la medida en que estén unidos e identificados con la vid y den los frutos, estos es, amar sin medida.

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El sarmiento que no se convierte en nueva creatura, modelado a la imagen y estilo de Jesús,

que no responde a la vida que recibe de Jesús

y no la comunica a otros, no sirve para nada.

Estos son los que sólo por la fe se adhieren a Cristo pero no responde al Espíritu;

el que come el pan, pero no se asimila a Jesús.

Son sarmientos, permanecen en la vid,

pero están muertos y secos, porque no absorben

la gracia de Cristo, la cual no puede participarse

sin la caridad que es vida del alma.

Al negarse a amar y no hacer caso al Hijo

-vid verdadera-, se coloca en la zona

de la reprobación de Dios.

Para el sarmiento no hay alternativa: o permanece unido a la vid

o es arrojado al fuego. Uno escoge libremente su destino.

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Por la vida de gracia, el cristiano se une a Cristo como el sarmiento a la vid

y la vida de Cristo se manifiesta en él.

La vida de gracia pide imitar a Cristo;

pide ser consecuente con su presencia en el alma, actuando y comportándose

como el mismo Cristo lo haría.

Pide identificarse con Cristo para pensar como Él, sentir como Él, amar como Él, vivir como Él.

De la unión con Cristo brota todo.

Sin su gracia nada podemos, porque sin ella

estamos muertos y secos.

De esta íntima unión deben nacer los frutos, es decir,

la vida divina, obras buenas que Dios espera de sus hijos.

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Jesús quiere insistir en la unidad que existe entre él y los suyos, a tal punto que podríamos así afirmar que Cristo es la comunidad y que la comunidad

es Cristo. Y llega tan allá esta identificación,

que el Señor no teme afirmar en el juicio final, según lo describe Mateo:

"Tuve hambre y me disteis de comer,

Tuve sed y me disteis de beber...

¿Cuándo, Señor?...

Cuando lo hicisteis con uno de mis hermanos".

La vid -es decir, la comunidad en Cristo-

es una sola, a pesar de sus extensas ramificaciones; o, como dice Pablo:

«Todos formamos un solo cuerpo,

porque Cristo es uno en todos»

(2 Cor 12).

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Y si Cristo es la vid, el Padre es el viñador:

«El corta todos los sarmientos que no dan fruto»

El amor del Padre que cuida de la vid,

de los sarmientos; eliminando los factores

de muerte que hay en él, haciéndolo cada vez

más auténtico y más libre para todo lo que sea amor, y para todo lo que lleve a la vida.

La poda no siempre es fácil de entender

pero es una actividad positiva.

El Señor nos limpia a través de la espada

de su Palabra, y nos purifica de muchas maneras.

En ocasiones permitiendo fracasos, enfermedades, difamaciones...

Si queremos dar fruto para nuestra salvación

y para la de los demás, si queremos ser fecundos

en obras buenas con miras al reino,

tenemos que aceptar ser podados por el Padre,

es decir, robustecidos.

Debemos estar dispuestos a experiencias para arrancar de nosotros los apegos

o afectos desordenados que nos impiden fructificar con una mejor calidad.

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"Vosotros estáis limpios por las palabra

s que os he hablado".

Cuando asimilamos lo suficiente de las palabras

de Jesús para empezamos a dar fruto.

Quien demuestra con hechos concretos su amor, queda limpio. Más limpio cuanto mayor sea el amor.

Pero esta purificación inicial, debe continuar

porque las tendencias desordenadas no desaparecen en forma automática, y por ello es necesario reforzar constantemente la conexión con Él.

Ahora bien, para estar y permanecer unidos a Jesús tenemos que dejarnos vivificar por la savia que Él quiere comunicarnos: su Espíritu Santo,

que nos llega cuando escuchamos con atención

la Palabra de Dios en la oración individual

y comunitaria, y cuando nos alimentamos con

su propia vida resucitada en la comunión eucarística.

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Debemos dejar que la palabra de Dios, a través de la oración nos vaya limpiando, transformándonos y permitiéndonos permanecer unidos a Jesús. Enseguida veremos

como comenzamos a dar frutos y frutos en abundancia.

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Yo he venido, nos dice, para que tengan vida y la tengan en abundancia.

Permaneced en mí y yo en vosotros.

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¡Nos hace partícipes de la misma vida de Dios!

Esta vida nueva que recibimos en el bautismo

se fortalece de modo particular a través

de los sacramentos:

“Allí nos habla Él, nos perdona, nos conforta;

allí nos santifica, allí nos da el beso

de la reconciliación y de la amistad;

allí nos da sus propios méritos y su propio poder;

allí se nos da Él mismo”.

Si bien hasta ahora se nos pedía creer en Jesús,

ahora se trata de permanecer en ÉL (Jn. 14-15).

"Permanecer" es una palabra clave

en el vocabulario de san Juan.

En sentido más amplio expresa la unión entre Dios

y aquel que tiene fe y observa sus mandamientos.

La parábola de la vid y lo sarmientos nos invita

de modo particular a "permanecer unidos a Cristo“.

Permanecer en Cristo significa permanecer en el amor nido a Él por la oración, por la vida interior. Permanecer unido a Cristo es permanecer unido a la gracia, porque sin ella

nada podemos. Es hacer que todas nuestras obras y actos se hagan en la presencia de Dios

y ordenadas según Dios.

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El fruto resultante de permanecer con Jesús

es la práctica del amor,

cumpliendo el mandamiento del Señor:

«Este es su mandamiento, que creamos en

el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros como él nos mandó» (1 Jn 3,23).

Y los frutos son los frutos del Espíritu Santo:

-Caridad - Gozo - Paz - Paciencia – Mansedumbre

- Bondad - Benignidad -Longanimidad - Fe

- Modestia - Templanza – Castidad.

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“Si permanecen unidos a mí y fieles a mis enseñanzas, pidan lo que quieran y se les dará”.

Jesús, prometes escucharme en la oración si está unida a una fe real

que nos dispone a pedir no lo que corresponde a nuestros afectos desordenados,

sino lo que nos conviene para nuestra vida espiritual y eterna.

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La eucaristía resume, todos los lazos de unión con Jesús.

Cada vez que la celebramos invade nuestro interior la vida glorificada de Jesús

que nos renueva.

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