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  1. La Pasión de Cristo La primera venida de Jesús El ministerio de Jesús Cristo Traicionado El Juicio de Cristo La crucifixión de Cristo La resurrección de Cristo La ascensión de Cristo Más información

  2. LA PRIMERA VENIDA DE CRISTO SE ME llevó a la época cuando Jesús iba a tomar naturaleza humana, humillarse como hombre y soportar las tentaciones de Satanás. Su nacimiento careció de grandeza mundanal. Nació en un establo y su cuna fue un pesebre; no obstante, su nacimiento fue honrado más que el de cualquiera de los hijos de los hombres. Los ángeles del cielo dieron información a los pastores acerca del advenimiento de Jesús, y la luz y la gloria de Dios acompañaron su testimonio. Las huestes celestiales pulsaron sus arpas y glorificaron al Señor. Anunciaron con tono de triunfo el advenimiento del Hijo de Dios a un mundo caído para llevar a cabo la obra de la redención, y brindar mediante su muerte felicidad y vida eterna al hombre. El Altísimo honró la venida de su Hijo. Los ángeles lo adoraron.

  3. El bautismo de Jesús Los ángeles de Dios acudieron al lugar de su bautismo, el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y reposó sobre él, y mientras la gente permanecía presa de gran asombro, con los ojos fijos en él, se oyó la voz del Padre, procedente del cielo, que decía: "Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco". Juan no estaba seguro de que fuera el Salvador el que había venido a ser bautizado por él en el Jordán. Pero Dios había prometido darle una señal por medio de la cual podría saber quién era el Cordero de Dios. Esa señal se cumplió cuando la paloma celestial reposó sobre Jesús y la gloria de Dios resplandeció a su alrededor. Juan alzó la mano y señalando al Señor clamó con fuerte voz: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1: 29).

  4. El ministerio de Juan Juan informó a sus discípulos que Jesús era el prometido Mesías, el Salvador del mundo. Cuando su obra estaba por concluir, les enseñó a dirigir su mirada hacia él y a seguirlo como el gran Maestro. La vida de Juan estuvo llena de pesar y abnegación. Anunció el primer advenimiento de Cristo pero no se le permitió ser testigo de sus milagros y disfrutar del poder que manifestaba. Cuando Jesús comenzó a presentarse como Maestro, Juan se dio cuenta de que tenía que morir. Rara vez se oía su voz, salvo en el desierto. Su vida fue solitaria. No se aferró a la familia de su padre para gozar de su sociabilidad, sino que los dejó para cumplir su misión. Multitudes abandonaban sus atareadas ciudades y aldeas y se reunían en el desierto para escuchar las palabras de ese maravilloso profeta. Juan hincó el hacha en la raíz del árbol. Reprobó el pecado sin tomar en cuenta las consecuencias, y preparó el camino para el Cordero de Dios. Herodes se sintió impresionado al escuchar los testimonios poderosos y certeros de Juan, y con profundo interés preguntó qué debía hacer para

  5. ser su discípulo. Este estaba al tanto del hecho de que el rey quería casarse con la mujer de su hermano, mientras aquél todavía vivía, y con fidelidad le dijo que eso no era correcto. Pero Herodes no estaba dispuesto a hacer sacrificios. Se casó con la mujer de su hermano, y como resultado de la influencia de ésta prendió a Juan y lo puso en la cárcel, con la intención, sin embargo, de soltarlo después. Mientras se hallaba allí confinado, se enteró por medio de sus discípulos de las poderosas obras de Jesús. No podía escuchar sus palabras llenas de gracia, pero los discípulos le informaron y lo consolaron con lo que habían oído. Pronto Juan fue decapitado como resultado de la influencia de la mujer de Herodes. Vi que lo más humildes discípulos que siguieron a Jesús y fueron testigos de sus milagros y escucharon las consoladoras palabras que brotaban de sus labios, fueron mayores que Juan el Bautista, es decir fueron más exaltados y honrados, y derivaron mayor placer de la vida. Juan vino con el espíritu y el poder de Elías para proclamar el primer advenimiento de Jesús. Se me señalaron los últimos días y vi que Juan representa a los que saldrán con el espíritu y el poder de Elías para anunciar el día de la ira y la segunda venida de Jesús.

  6. Se reprende al tentador Satanás se regocijó cuando Jesús puso a un lado su poder y su gloria y dejó el cielo. Creyó que el Hijo de Dios quedaba entonces a merced de su poder. La tentación dio tan fáciles resultados con la santa pareja en el Edén, que esperaba que como consecuencia de su poder y su astucia satánica podría derribar inclusive al Hijo de Dios, y que de ese modo podría salvar su propia vida y su reino. Si podía tentar a Jesús a apartarse de la voluntad de su Padre, lograría su propósito. Pero el Señor enfrentó al tentador con esta reprensión: "Vete de mí, Satanás". Sólo se inclinaría ante su Padre. Satanás pretendía que el dominio de la tierra le pertenecía, y le sugirió a Jesús que podía evitar todos sus sufrimientos: que no necesitaba morir para obtener los reinos de este mundo; si lo adoraba poseería la tierra y la gloria de reinar sobre ellos.

  7. Pero Cristo se mantuvo firme. Sabía que llegaría el momento cuando con su propia vida rescataría el reino usurpado por Satanás, y que después de un tiempo todo el cielo y toda la tierra se someterían a él. Eligió una vida de sufrimiento, más su terrible muerte, como el camino señalado por su Padre para que pudiera llegar a ser el legítimo heredero de los reinos de la tierra que le serían entregados en sus manos como posesión eterna. También Satanás le será entregado para ser destruido por la muerte, para que nunca más pueda molestar a Jesús y a los santos en gloria. MENU

  8. EL MINISTERIO DE CRISTO CUANDO Satanás terminó sus tentaciones, se apartó de Jesús por un tiempo, y los ángeles le prepararon alimento en el desierto para fortalecerle, y la bendición de su Padre reposó sobre él. El enemigo había fracasado con sus más fieras tentaciones; pero esperaba el momento cuando Jesús se dedicara a su ministerio, en cuyo transcurso, en diferentes ocasiones puso a prueba su astucia contra él. Todavía esperaba prevalecer sobre él estimulando a los que no querían recibirlo para que lo aborrecieran y trataran de destruirlo. El adversario celebró un concilio con sus ángeles. Estaban desilusionados y llenos de ira al ver que no habían logrado nada contra el Hijo de Dios. Decidieron que debían ser más astutos y usar su poder máximo para inspirar inseguridad en las mentes de sus compatriotas con respecto al hecho de que era el Salvador del mundo, para desanimar de ese modo a Jesús en el cumplimiento de su misión. No importaba cuán exigentes fueran, los judíos en el cumplimiento de sus ceremonias y .......

  9. sacrificios, sí se los podía mantener ciegos al mensaje de las profecías y si se lograba hacerlos creer que el Mesías debía aparecer como un poderoso rey mundano, se los podía inducir a despreciar y rechazar a Jesús. Se me mostró que Satanás y sus ángeles estuvieron muy ocupados durante el ministerio de Cristo induciendo a los hombres a manifestar incredulidad, odio y burla. A menudo cuando Jesús presentaba alguna verdad incontrovertible para reprobar sus pecados, la gente se llenaba de ira. El enemigo y sus demonios los instaban entonces a tomar la vida del Hijo de Dios. Más de una vez tomaron piedras para arrojárselas, pero los ángeles lo protegieron y lo apartaron de la airada multitud para ponerlo a salvo. En otra oportunidad, cuando la verdad pura brotó de sus santos labios, la multitud le echó mano y lo llevó al borde de un risco con la intención de despeñarlo. Surgió entonces una discusión entre ellos en cuanto a lo que debían hacer con él, y los ángeles una vez más lo ocultaran de la vista de la multitud, de modo que pudo pasar por en medio de ella y proseguir su camino.

  10. Satanás todavía esperaba que el plan de salvación fracasara. Ejerció todo su poder para endurecer el corazón de la gente y amargar sus sentimientos en contra de Jesús. Esperaba que muy pocos lo recibieran como Hijo de Dios, al punto que él considerara que sus sufrimientos y su sacrificio eran demasiado grandes para beneficiar a un grupo tan pequeño. Pero vi que si solo hubiera habido dos que aceptaran a Jesús como Hijo de Dios y creyeran en él para la salvación de sus almas, habría llevado a cabo él plan.

  11. Alivio para los que sufrían Jesús comenzó su obra quebrantando el poder de Satanás sobre los que sufrían. Restauró la salud del enfermo, dio vista al ciego y sanó al tullido, induciéndolo a saltar de alegría y glorificar a Dios. Restauró la salud de los que habían estado enfermos por muchos años sometidos al cruel poder de Satanás. Con palabras llenas de gracia consolaba al flaco, al tembloroso y al desanimado. A los débiles, acosados por el sufrimiento, y a quienes el enemigo retenía triunfante, Jesús los arrebató de su puño devolviéndoles la sanidad del cuerpo y dándoles gran alegría y felicidad. Resucitó a los muertos, y éstos glorificaron a Dios por el maravilloso despliegue de su poder. Hizo obras extraordinarias en favor d todos los que creían en él. La vida de Cristo estuvo llena de palabras y actos saturados de benevolencia, simpatía y amor. Siempre estuvo atento para escuchar las quejas de los que acudían a él, y para darles alivio. Multitudes llevaban, en su propio cuerpo las evidencias de su poder divino.

  12. No obstante, después que las obras estuvieron realizadas, muchos se avergonzaron del humilde pero poderoso predicador. Puesto que los dirigentes no creían en él, el pueblo no estaba dispuesto a aceptar a Jesús. Fue varón de dolores, experimentado en quebranto. No podían soportar el ser gobernados por los principios manifestados en su vida sobria y abnegada. Deseaban gozar de los honores que confiere el mundo. Sin embargo, muchos siguieron al Hijo de Dios y escucharon sus enseñanzas, regocijándose con las palabras tan llenas de gracia que surgían de sus labios. Esas palabras, sumamente significativas, eran tan claras que hasta el más simple las podía entender.

  13. Oposición ineficaz Satanás y sus ángeles cegaron los ojos y oscurecieron el entendimiento de los judíos, e impulsaron a la gente más importante y a los dirigentes para que tomaran la vida del Salvador. Otros fueron enviados para prender a Jesús, pero cuando se acercaron adonde él estaba fueron dominados por un gran asombro. Lo vieron lleno de simpatía y compasión al verificar las desgracias del género humano. Lo escucharon dirigir palabras de ánimo, con amor y ternura, al débil y al afligido. También lo oyeron reprender con voz autoritaria el poder de Satanás y liberar a sus cautivos. Escucharon las expresiones llenas de sabiduría que procedían de sus labios, y se sintieron cautivados; no pudieron ponerle las manos encima. Regresaron sin Jesús ante los sacerdotes y ancianos. Cuando se les preguntó: "¿Por qué no le habéis traído?" relataron lo que habían visto de sus milagros, de las santas palabras llenas de sabiduría, amor y entendimiento que habían escuchado, y terminaron diciendo: "Nunca habló hombre alguno como este hombre". Los principales .....

  14. sacerdotes los acusaron de estar engañados, y algunos de los dignatarios se avergonzaron de que no lo hubieran prendido. Los sacerdotes preguntaron burlonamente si alguno de los dirigentes había creído en él. Vi que muchos de los magistrados y ancianos creían en Jesús, pero Satanás impedía que lo reconocieran; temían más el reproche de la gente que a Dios. Hasta entonces la astucia y el odio de Satanás no habían logrado desbaratar el plan de salvación. Se acercaba el momento cuando debía cumplirse el propósito por el cual Jesús había venido a este mundo. El enemigo y sus ángeles se consultaron y decidieron inspirar a la propia nación a la cual pertenecía Cristo para que reclamara ansiosamente su sangre y acumulara sobre él crueldad y escarnio. Esperaban que Jesús no soportara semejante tratamiento y no conservara su humildad y su mansedumbre. Mientras Satanás trazaba sus planes, Jesús revelaba cuidadosamente a sus discípulos los sufrimientos por los cuales tendría que pasar, cómo sería crucificado y cómo se levantaría de nuevo al tercer día. Pero el entendimiento de ellos estaba embotado y no podían entender lo que quería decirles.

  15. La transfiguración La fe de los discípulos se fortaleció muchísimo en ocasión de la transfiguración, cuando se les permitió contemplar la gloria de Cristo y escuchar la voz del cielo que daba testimonio de su carácter divino. Dios decidió dar a los seguidores de Jesús una prueba contundente de que era el Mesías prometido, para que cuando vinieran el amargo pesar y la desilusión de la crucifixión no perdieran por completo su confianza. En el momento de la transfiguración el Señor envió a Moisés y a Elías para que hablaran con Jesús con respecto a sus sufrimientos y su muerte. En lugar de elegir a los ángeles para que conversaran con su Hijo, Dios envió a los que habían pasado por las vicisitudes de la tierra. Elías había andado con Dios. Su obra había sido penosa y difícil, porque el Señor había reprendido los pecados de Israel por su intermedio. Era un profeta de Dios; no obstante, se vio obligado a huir de lugar en lugar para salvar su vida. Sus propios connacionales lo perseguían como si fuera una bestia feroz, para destruirlo. Pero Dios trasladó a Elías.

  16. Los ángeles lo llevaron en gloria y en triunfo hasta el cielo. Moisés fue más grande que todo otro hombre que haya vivido antes que él. Fue grandemente honrado por Dios, y tuvo el privilegio de hablar con el Señor cara a cara, como alguien cuando habla con su amigo. Se le permitió ver la luz resplandeciente y la excelente gloria que rodean al Padre. El Señor libró por medio de Moisés a los hijos de Israel de la esclavitud egipcia. Fue intermediario entre Dios y su pueblo, y a menudo se interpuso a la ira de Dios. Cuando el enojo del Señor se encendió grandemente contra Israel por su incredulidad, sus murmuraciones y sus graves pecados, el amor de Moisés por ellos fue sometido a prueba. Dios le propuso destruirlos y hacer de él una poderosa nación. Moisés manifestó su amor por Israel al suplicar fervorosamente en su favor. En su angustia oró a Dios para que desviara su fiero enojo y perdonara a Israel, o eliminara su nombre de su libro. Moisés pasó por la muerte, pero Jesús descendió y le dio vida antes que su cuerpo viera corrupción. Satanás trató de retener ese cuerpo, (Jud 1:9) pretendiendo que le pertenecía; pero Miguel (Jesús) lo resucitó y lo llevó al cielo. El enemigo se quejó amargamente contra Dios, acusándolo de..

  17. injusto al permitir que le fuera arrebatada su presa; pero Cristo no reprendió a su adversario, a pesar de que el siervo de Dios había caído como resultado de sus tentaciones. Mansamente remitió el caso a su Padre: "El Señor te reprenda" (Judas 9). Jesús dijo a sus discípulos que había entre ellos algunos que no pasarían por la muerte hasta que vieran que el reino de Dios descendía con poder. Esta promesa se cumplió en ocasión de la transfiguración. El rostro de Jesús estaba transformado y resplandecía como el sol. Su túnica era blanca y fulguraba. Moisés estaba allí para representar a los que serían levantados de entre los muertos en ocasión de la aparición de Jesús. Y Elías, que fue trasladado sin pasar por la muerte, representaba a los que serán transformados en inmortales cuando Cristo venga por segunda vez y sean trasladados al cielo sin pasar por la muerte. Los discípulos contemplaron con asombro y temor la excelsa majestad de Jesús y la nube que los envolvió, y escucharon la voz de Dios que con majestad terrible exclamó: "Este es mi Hijo amado: Oídle". MENU

  18. CRISTO TRAICIONADO SE ME llevó al momento cuando Jesús comió la Pascua con sus discípulos. Satanás había engañado a Judas y lo había inducido a creer que era uno de los verdaderos discípulos de Cristo, pero su corazón siempre fue carnal. Había visto las poderosas obras del Señor, había estado con él durante su ministerio y se había sometido a la abrumadora evidencia de que era el Mesías; pero Judas era calculador y codicioso; amaba el dinero. Se quejó airado por el costoso perfume derramado sobre Jesús. María amaba a su Señor. El había perdonado sus pecados, que eran muchos. Había levantado de entre los muertos a su muy amado hermano, y creía que nada era demasiado costoso para ofrendárselo. Mientras más caro fuera el perfume, de mejor manera podía ella expresar su gratitud al Salvador dedicándoselo. Judas, como excusa por su codicia, sugirió que el perfume podría haberse vendido para dar el dinero a los pobres. Pero no se trataba de que se preocupara por ellos, porque era egoísta, y a menudo se apropiaba, para su propio uso, de lo que se le había confiado con el fin de que fuera dado a los pobres.

  19. Judas no se había preocupado de la comodidad y ni siquiera de las necesidades de Jesús, pero para excusar su codicia a menudo se refería a los pobres. Este acto de generosidad de parte de María constituyó una tajante reprensión de su carácter codicioso. Ya estaba preparado el camino para que la tentación de Satanás encontrara franca acogida en el corazón de Judas. Los sacerdotes y dirigentes de los judíos aborrecían a Jesús, pero las multitudes se apiñaban para escuchar sus palabras llenas de sabiduría y para presenciar sus poderosas obras. La gente se sentía impulsada por el más profundo interés y seguía ansiosamente al Señor para escuchar las instrucciones de este maravilloso Maestro. Muchos de los dirigentes creían en él, pero no se atrevían a confesar su fe para no ser despedidos de la sinagoga. Los sacerdotes y ancianos decidieron que algo había que hacer para apartar de Jesús la atención de la gente. Temían que todos creyeran en él. No se sentían seguros. Tenían que perder su puesto o dar muerte al Señor. Y después de darle muerte, aún habría quienes serían monumentos vivientes de su poder. El Maestro había resucitado a Lázaro de entre los muertos, y los dirigentes temían que si daban muerte a Jesús el resucitado daría testimonio de la grandeza de su poder.

  20. La gente se agolpaba para ver al que había regresado de entre los muertos, y los dirigentes decidieron eliminar a Lázaro también para terminar con ese entusiasmo. Entonces podrían lograr que el pueblo volviera a las tradiciones y doctrinas de los hombres, para diezmar el eneldo y el comino, y de nuevo podrían ejercer influencia sobre él. Se pusieron de acuerdo para prender a Jesús mientras estuviera solo, porque si trataban de arrebatárselo a la multitud, cuando la mente de la gente estaba concentrada en él, ésta los apedrearía. Judas sabía cuán ansiosos estaban de prender a Jesús y se ofreció a los principales sacerdotes y ancianos para venderlo por unas cuantas monedas de plata. Su amor al dinero lo indujo a traicionar a su Señor para ponerlo en manos de sus más acerbos enemigos. Satanás estaba obrando directamente por intermedio de Judas, y en medio de las escenas impresionantes de la última cena el traidor estaba trazando planes para entregar a su Maestro. Con pesar Jesús dijo a sus discípulos que todos ellos se escandalizarían en él aquella noche. Pero Pedro afirmó con vehemencia que si todos los demás se escandalizaban, él no lo haría. Jesús le dijo: "Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos" (Luc. 22: 31, 32).

  21. En el jardín Vi a Jesús en el jardín con sus discípulos. Con profundo pesar les suplicó que velaran y oraran, para que no cayera en tentación. Sabía que su fe sería probada y que sus esperanzas resultarían fallidas, y que necesitarían toda la fortaleza que pudieran lograr como resultado de una estricta vigilia y la ferviente oración. Con fuertes clamores y llantos Jesús oraba: "Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Luc 22: 42). El Hijo de Dios oraba con agonía. Grandes gotas de sangre se agolpaban sobre su rostro y caían en tierra. Los ángeles se reunían en ese lugar, testigos de la escena, pero sólo a uno se comisionó para que fuera y fortaleciera al Hijo de Dios en su angustia. No había gozo en el cielo. Los ángeles depusieron sus coronas y dejaron sus arpas, y contemplaron con profundo interés y en silencio a Jesús. Querían rodear al Hijo de Dios, pero el comandante de los ángeles no lo permitió, para que al contemplar la traición de que sería objeto Cristo no se decidieran a librarlo; porque el plan había sido trazado, y se tenía que cumplir.

  22. Después de orar Jesús se acercó a sus discípulos, pero éstos estaban durmiendo. En esa hora tremenda no gozaba de la simpatía ni de las oraciones ni siquiera de sus discípulos. Pedro, tan celoso poco tiempo antes, dormía profundamente. Jesús le recordó sus declaraciones terminantes y le dijo: "¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?" (Mat. 26: 40). Tres veces el Hijo de Dios oró con agonía.

  23. Judas traiciona a Jesús Entonces apareció Judas con su grupo de hombres armados. Se acercó como de costumbre al Maestro para saludarlo. El grupo rodeó a Jesús; pero entonces él manifestó su poder divinos cuando dijo: "¿A quién buscáis?" "Yo soy". Cayeron de espaldas en el suelo. Jesús formuló la pregunta para que pudieran ser testigos de su poder y tuvieran evidencia de que podría librarse de sus manos si lo quería. Los discípulos comenzaron a albergar esperanzas cuando vieron que esa multitud armada de palos y espadas caía en tierra tan rápidamente. Cuando se levantaron y rodearon de nuevo al Hijo de Dios, Pedro desenvainó su espada e hirió a un siervo del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Jesús le ordenó que envainara su espada diciéndole: "¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?" (Mat. 26: 53). Vi que cuando pronunció estas palabras el rostro de los ángeles se animó de esperanza. Querían, en ese momento y allí mismo, rodear a su Comandante y dispersar a la airada multitud.

  24. Pero nuevamente el pesar se apoderó de ellos cuando Jesús añadió: "¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?" (Mat. 26: 54). Los corazones de sus discípulos también se hundieron en la desesperación y la amarga frustración cuando vieron que Jesús permitía que sus enemigos se lo llevaran. Los discípulos temieron por su propia vida y todos lo abandonaron y huyeron. Jesús quedó solo en manos de una turba asesina. ¡Oh, qué triunfo fue ése para Satanás! ¡Y qué tristeza y qué pesar para los ángeles de Dios! Muchas legiones de santos ángeles, frente a cada una de las cuales había un ángel comandante de elevada estatura, fueron enviadas para ser testigos de la escena. Se los envió para que registraran todo insulto lanzado contra el Hijo de Dios y toda crueldad practicada con él, y para anotar todo espasmo de angustia que Jesús sufriera; porque los mismos hombres que se unieron en esa terrible escena lo verán todo de nuevo impreso en vívidos caracteres. MENU

  25. EL JUICIO DE CRISTO LOS ÁNGELES, cuando dejaron el cielo, depusieron con tristeza sus resplandecientes coronas. No las podían usar mientras su Comandante estuviera sufriendo y tuviera que llevar una corona de espinas. Satanás y sus ángeles estaban muy ocupados en la sala del tribunal tratando de destruir todo sentimiento humano y toda simpatía hacia Jesús. La misma atmósfera, pesada, estaba contaminada por su influencia. Los principales sacerdotes y los ancianos estaban inspirados por ellos cuando insultaban y maltrataban a Jesús en una forma sumamente difícil de soportar para la naturaleza humana. El enemigo esperaba que tanta burla y violencia arrancara del Hijo de Dios alguna queja o murmuración; o que manifestara su poder divino y se librara de la multitud y que de esa manera fracasara el plan de salvación.

  26. La negación de Pedro Pedro siguió a su Señor después de la traición. Tenía ansias de ver qué ocurriría con Jesús. Pero cuando se lo acusó de ser uno de sus discípulos, el temor de perder su propia seguridad lo indujo a declarar que no conocía a ese hombre. Los discípulos se destacaban por la pureza de su lenguaje y Pedro, para convencer a sus acusadores de que no era uno de los discípulos de Cristo, negó la tercera acusación con maldiciones y juramentos. Jesús, que estaba a cierta distancia de Pedro, le lanzó una mirada llena de pesar y reprobación. Entonces el discípulo recordó las palabras que le había dirigido en el aposento alto, como asimismo sus propias categóricas declaraciones: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré" (Mat. 26: 33). Había negado a su Señor con maldiciones y juramentos; pero la mirada del Maestro suavizó el corazón de Pedro y lo salvó. Lloró amargamente y se arrepintió de su gran pecado, se convirtió, y entonces estuvo preparado para fortalecer a sus hermanos.

  27. En la sala del tribunal La multitud pedía a gritos la sangre de Jesús. Lo azotaron cruelmente, lo cubrieron con una vieja túnica real color púrpura, y ciñeron su sagrada frente con una corona de espinas. Le pusieron una caña en la mano, se inclinaron ante él y para burlarse lo saludaron diciéndole: "¡Salve, rey de los judíos!" (Juan 19: 3). Entonces tomaron la caña que tenía en la mano y le golpearon la cabeza de modo que las espinas penetraron en sus sienes y la sangre comenzó a correr por su rostro y su barba. A los ángeles les costaba soportar ese espectáculo. Hubieran querido librar a Jesús, pero el ángel comandante lo impidió, diciéndoles que había que pagar un gran rescate por el hombre; pero añadió que sería completo y que provocaría la muerte del que tenía el imperio de la muerte. Jesús sabía que los ángeles estaban presenciando la escena de su humillación. El más débil de entre ellos podría haber conseguido que esa multitud burladora cayera inerme y podría haber librado al Señor.

  28. Sabía que si se lo solicitaba a su Padre, los ángeles lo librarían inmediatamente. Pero era necesario que soportara la violencia de los hombres para poder llevara cabo el plan de salvación. El Maestro permaneció manso y humilde delante de la furiosa multitud, mientras cometían con él los abusos más viles. Escupieron su rostro, ese rostro del cual un día querrán ocultarse, que dará luz a la ciudad de Dios y que resplandecerá más que el sol. Cristo no lanzó una mirada de enojo a sus ofensores. Cubrieron su cabeza con una vieja prenda de vestir para impedirle ver, y entonces le abofetearon el rostro mientras clamaban: "Profetiza, ¿quién es el que te golpeó?" (Luc. 22: 64). Hubo conmoción entre los ángeles. Hubieran rescatado inmediatamente a Jesús, pero el ángel comandante no lo permitió. Algunos de sus discípulos habían recuperado la suficiente confianza como para entrar donde él se hallaba y presenciar el juicio. Esperaban que manifestara su poder divino y se librará de manos de sus enemigos y los castigara por su crueldad hacia él. Sus esperanzas ascendían y descendían según iban sucediéndose las distintas escenas. A veces dudaban y temían haber sido engañados.

  29. Pero la voz que oyeron en el monte de la transfiguración, y la gloria que contemplaron, fortaleció su fe de que él era el Hijo de Dios. Recordaron las escenas de las que habían sido testigos, los milagros que habían visto hacer a Jesús al sanar a los enfermos, abrir los ojos de los ciegos, destapar los oídos de los sordos, reprender y echar los demonios, resucitar a los muertos, y hasta calmar el viento y el mar. No podían creer que tuviera que morir. Esperaban que todavía se levantara con poder, y que con su voz llena de autoridad dispersara a la multitud sedienta de sangre, como cuando entró en el templo y despidió a los que estaban haciendo un mercado de la casa de Dios, cuando huyeron de delante de su presencia como si los persiguiera un grupo de soldados armados. Los discípulos esperaban que Jesús manifestara su poder y convenciera a todos de que era el rey de Israel.

  30. La confesión de Judas Judas se llenó de amargo remordimiento y vergüenza por su infamia al traicionar a Cristo. Y cuando observó el maltrato que tuvo que soportar el Salvador, se sintió abrumado. Había amado a Jesús, pero más aún al dinero. No creyó que el Señor permitiera que lo prendieran los hombres que él había conducido. Esperaba que realizara un milagro para librarse de ellos. Pero cuando vio la multitud enfurecida en la sala del tribunal, sedienta de sangre, sintió profundamente su culpa; y mientras muchos acusaban con vehemencia a Jesús, Judas avanzó impetuosamente en medio de la multitud, para confesar que había pecado al traicionar sangre inocente. Ofreció a los sacerdotes el dinero que le habían pagado, y les rogó que dejaran libre al Señor, declarando que éste no tenía culpa alguna. Por breves instantes el disgusto y la confusión mantuvieron en silencio a los sacerdotes. No querían que la gente se diera cuenta de que habían contratado a uno de los profesos seguidores de Jesús para que lo traicionara y entregara en sus manos.

  31. Querían ocultar el hecho de que habían buscado al Señor como si fuera un ladrón, y lo habían prendido en secreto. Pero la confesión de Judas y su aspecto macilento culpable pusieron en evidencia a los sacerdotes delante de la multitud, revelando 224 que había sido el odio la causa de que prendieran al Maestro. Mientras Judas afirmaba en alta voz que Jesús era inocente, los sacerdotes replicaron: "¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!" (Mat. 27: 4). Tenían a Cristo en sus manos, y estaban decididos a no soltarlo. Judas, abrumado de pesar, arrojó el dinero que ahora despreciaba a los pies de los que lo habían contratado, e impulsado por la angustia y el horror salió y se ahorcó. Jesús tenía muchos simpatizantes en el grupo que lo rodeaba, y el hecho de que no respondiera a las numerosas preguntas que se le hacían asombraba a la multitud. Frente al escarnio y la violencia de la turba, ni un gesto, ni una expresión de molestia se dibujaba en sus rasgos. Tenía una actitud digna y compuesta. Los espectadores lo contemplaban maravillados.

  32. Comparaban su perfecta forma y su comportamiento firme y digno con la apariencia de los que se habían sentado en juicio contra él, y se decían mutuamente que tenía mucho más la apariencia de un rey que cualquiera de los dirigentes. No tenía señales de ser criminal. Su mirada era bondadosa, luminosa y libre de temor; su frente amplia y elevada. Cada rasgo suyo estaba definidamente señalado por la benevolencia y la nobleza. Su paciencia y su tolerancia eran tan poco humanas que muchos temblaron. Aun Herodes y Pilato se sintieron sumamente perturbados frente a su porte noble y divino.

  33. Jesús ante Pilato Desde el mismo principio Pilato se convenció de que Jesús no era un hombre ordinario. Creía que era una persona excelente y totalmente inocente de lo que se lo acusaba. Los ángeles que contemplaban la escena notaron la convicción del gobernador romano y para salvarlo de comprometerse en el terrible acto de entregar a Jesús para ser crucificado, un ángel fue enviado a la esposa de Pilato y le dio información por medio de un sueño de que el juicio en que su esposo estaba participando era el del Hijo de Dios, y que era inocente. Inmediatamente ella le envió un mensaje para declarar que había sufrido mucho en sueños con respecto a Jesús, y para advertirle que no tuviera nada que ver con ese santo. El mensajero, abriéndose paso apresuradamente entre la multitud, puso la carta en manos de Pilato. Al leerla, éste tembló y se puso pálido, y decidió inmediatamente no tener nada que ver con enviar a Cristo a la muerte. Si los judíos querían la sangre de Jesús, él no prestaría su influencia para que lo lograran; al contrario, trataría de librarlo.

  34. Enviado a Herodes Cuando Pilato oyó que Herodes se encontraba en Jerusalén, sintió gran alivio, porque esperaba librarse de toda responsabilidad en el juicio y condenación de Jesús. Inmediatamente lo envió con sus acusadores a Herodes. Este gobernante se había endurecido en el pecado. El asesinato de Juan el Bautista había dejado en su conciencia una mancha de la que no se podía librar. Cuando oyó hablar de Cristo y de las poderosas obras que estaba realizando, temió y tembló, pues creía que se trataba de Juan el Bautista que había resucitado de entre los muertos. Cuando el Maestro fue puesto en sus manos por Pilato, Herodes consideró ese acto como un reconocimiento de su poder, su autoridad y su juicio. Esto tuvo el efecto de amistar a dos dirigentes que antes habían sido enemigos. Herodes se alegró de ver a Jesús, pues esperaba que realizara algún poderoso milagro para complacerlo. Pero no era la obra del Señor satisfacer la curiosidad y procurar su propia seguridad. Ejercería su poder divino y milagroso para salvar a los demás, pero no en su propio beneficio.

  35. Cristo nada respondió a las numerosas preguntas que le hizo Herodes; tampoco replicó a sus enemigos que lo acusaban con vehemencia. El rey se enfureció porque aparentemente Jesús no temía su poder, y con sus soldados lo denigró, se burló de él y lo maltrató. Pero se asombró del aspecto noble y divino de Jesús en medio de ese vergonzoso maltrato, y como temía condenarlo lo envió devuelta a Pilato. Satanás y sus ángeles estaban tentando a este último tratando de conducirlo a su propia ruina. Le sugirieron que si no quería tomar parte en la condenación de Jesús otros lo harían; que la multitud estaba sedienta de su sangre; y que si no lo entregaba para ser crucificado perdería su poder y sus honores mundanales, y se lo denunciaría como creyente en el impostor. Por temor de perder su poder y su autoridad, Pilato consintió en dar muerte a Cristo. Y aunque puso la sangre del Señor sobre sus acusadores y la multitud lo recibió con el clamor de: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos" (Mat. 27: 25). Pilato no se libró; fue culpable de la sangre del Maestro.

  36. Por sus intereses egoístas, por su amor al honor de los grandes de la tierra, entregó a la muerte a un inocente. Si Pilato hubiera seguido sus propias convicciones, no habría tenido nada que hacer con la condenación de Jesús. El aspecto y las palabras del Señor durante su juicio causaron una profunda impresión en las mentes de los muchos que se hallaban presentes en esa ocasión. El resultado de la influencia ejercida entonces resultó evidente después de su resurrección. Entre los que se añadieron a la iglesia había muchos cuya convicción comenzó en el momento del juicio de Cristo. Satanás se airó muchísimo cuando vio que la crueldad con que los judíos habían tratado a Jesús a instancias suyas no había logrado que emitiera la más mínima queja. Aunque había tomado sobre sí la naturaleza humana, estaba sostenido por una fortaleza divina, y no se apartó en lo más mínimo de la voluntad de su Padre. MENU

  37. LA CRUCIFIXIÓN DE CRISTO CRISTO, el precioso Hijo de Dios, fue conducido y entregado al pueblo para ser crucificado. Los discípulos y creyentes de las regiones circunvecinas se unieron a la multitud que seguía a Jesús rumbo al Calvario. La madre del Señor también estaba allí sostenida por Juan, el discípulo amado. Su corazón estaba herido por una angustia inenarrable; no obstante ella, junto con los discípulos, esperaba que mudara la penosa escena, y que Jesús manifestara su poder y apareciera ante sus enemigos como el Hijo de Dios. Pero de nuevo su corazón de madre desfalleció al recordar las palabras mediante las cuales él se había referido brevemente a las cosas que estaban sucediendo ese día. Apenas había pasado Jesús por la puerta de la casa de Pilato cuando trajeron la cruz preparada para Barrabás y la depositaron sobre sus hombros magullados y sangrantes. También cargaron con cruces a los compañeros de Barrabás que debían sufrir la muerte al mismo tiempo que el Señor.

  38. El Salvador llevó su cruz unos pocos pasos pero, por causa de la pérdida de sangre y el excesivo cansancio y el dolor, cayó desmayado al suelo. Cuando recuperó el sentido, nuevamente la colocaron sobre sus hombros y lo obligaron a avanzar. Vaciló unos pocos pasos mientas cargaba la pesada cruz, y entonces cayó al suelo como si estuviera sin sentido. Al principio lo creyeron muerto, pero finalmente recuperó el conocimiento una vez más. Los sacerdotes y dirigentes no manifestaron la menor compasión por los sufrimientos de su víctima; pero se dieron cuenta de que le era imposible llevar un paso más ese instrumento de tortura. Mientras pensaban qué podían hacer, Simón, un cirineo que venía en dirección contraria, se encontró con la multitud. Lo tomaron entonces a instancias de los sacerdotes, y lo obligaron a llevar la cruz de Cristo. Los hijos de Simón eran discípulos de Jesús, pero él mismo nunca había tenido relación con él.

  39. Una gran multitud siguió al Salvador al Calvario, y muchos de sus integrantes se burlaban de él y lo ridiculizaban; pero muchos lloraban y repetían sus alabanzas. Los que habían sido sanados de diversas enfermedades, los que habían resucitado de entre los muertos, se refirieron con voz fervorosa a sus maravillosas obras, y manifestaron el deseo de saber qué había hecho para que se lo tratara como malhechor. Pocos días antes lo habían acompañado en medio de gozosos hosannas mientras sacudían ramas de palmeras cuando él entraba triunfalmente en Jerusalén. Pero muchos de los que habían dado clamores de alabanza, porque en ese momento era popular hacerlo, ahora lanzaban el grito de "¡Crucifícale! ¡Crucifícale!"

  40. Clavado en la cruz Al llegar al lugar de ejecución, los condenados fueron atados a los instrumentos de tortura. Mientras los dos ladrones se debatían en manos de los que los extendían sobre sus cruces, Jesús no ofreció resistencia. Su madre contempló la escena con agonizante suspenso, con la esperanza de que hiciera un milagro para salvarse. Vio sus manos extendidas sobre la cruz, esas manos queridas que siempre habían dispensado bendiciones, y que se habían alargado tantas veces para sanar a los que sufrían. Cuando trajeron martillos y clavos, y éstos atravesaron la tierna carne de Jesús para asegurarlo a la cruz, los discípulos, con el corazón quebrantado, apartaron de la cruel escena el cuerpo desfalleciente de la madre de Cristo. El Señor no formuló queja alguna; su rostro seguía pálido y sereno, pero grandes gotas de sudor perlaban su frente. No hubo mano piadosa que enjugara de su rostro el rocío de la muerte, ni palabras de simpatía e inmutable fidelidad que sostuvieran su corazón humano.

  41. Mientras los soldados llevaban a cabo su odiosa tarea, y él sufría la más aguda agonía, oró por sus enemigos: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23: 34). Esta oración de Jesús por sus enemigos abarca al mundo, pues se refiere a cada pecador que habrá de vivir hasta el fin del tiempo. . Después que Jesús fue clavado a la cruz, varios hombres fuertes la levantaron y la colocaron con gran violencia en el lugar preparado con ese fin, causando al Hijo de Dios la más dolorosa agonía. Y entonces se produjo una escena terrible. Los sacerdotes, dirigentes y escribas se olvidaron de la dignidad de sus sagrados cargos, y se unieron con la turba para burlarse y reírse del agonizante Hijo de Dios diciéndole: "Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo" (Luc. 23: 37). Y otros repetían burlonamente entre ellos: "A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar" (Mar. 15: 31). Los dignatarios del templo, los curtidos soldados, el mal ladrón en la cruz y los viles y crueles que se hallaban entre la multitud, todos se unieron para maltratar a Cristo.

  42. Los ladrones que fueron crucificados con Jesús sufrieron la misma tortura física que él. Pero sólo uno de ellos se endureció; el dolor lo desesperó y le infundió rebeldía. Se unió a las burlas de los sacerdotes y vilipendió a Jesús diciéndole: "Si tú eres el Cristo sálvate a ti mismo y a nosotros" (Luc. 23: 39). El otro malhechor no era un criminal endurecido. Cuando oyó las diatribas de su compañero de fechorías, "le reprendió, diciendo:. ¿Ni aún temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo" (vers. 40, 41). Acto seguido, cuando su corazón sintió la atracción de Cristo, la iluminación celestial invadió su mente. En Jesús, magullado, escarnecido y colgado de una cruz, vio a su Redentor, a su única esperanza, y se dirigió a él con humilde fe: "Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso" (vers. 42, 43).*

  43. Con asombro los ángeles consideraron el infinito amor de Jesús quien, mientras sufría la más atroz agonía mental y física, sólo pensó en los demás y animó a creer al alma penitente. Al derramar su vida hasta la muerte, manifestó un amor por los hombres más fuerte que ésta. Muchos de los que fueron testigos de esas escenas del Calvario más tarde se afirmaron en la fe de Cristo. Los enemigos del Señor aguardaron su muerte entonces con impaciente esperanza. Creían que esos acontecimientos eliminarían para siempre los rumores de su poder divino y la maravilla de sus milagros. Se complacían en pensar en que entonces no necesitarían temblar más por causa de su influencia. Los indiferentes soldados que extendieron el cuerpo de Jesús en la cruz se repartieron sus: ropas y contendieron por una prenda tejida pero sin costura. Finalmente decidieron el asunto echando suertes. La pluma movida por la inspiración describió con exactitud esta escena cientos de años antes que ocurriera: "Porque perros me han rodeado: me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies.. repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes" (Sal. 22: 16, 18).

  44. Una lección de amor filial Los ojos de Jesús se pasearon sobre la multitud que se había reunido para contemplar su muerte, y vio a los pies de la cruz a Juan que sostenía a María, su madre. Ella había regresado al lugar donde se desarrollaba esa terrible escena, pues era incapaz de permanecer por más tiempo alejada de su Hijo. La última lección que el Señor dio se refirió al amor filial. Contempló el rostro dolorido de su madre y en seguida miró a Juan; y dijo, dirigiéndose a ella: "Mujer, he ahí tu hijo" y a continuación dijo al discípulo: "He ahí tu madre" (Juan 19: 26, 27). Juan comprendió perfectamente las palabras de Jesús y el sagrado cometido que se le había confiado. Inmediatamente alejó a la madre de Cristo de la terrible escena del Calvario. Desde ese momento la cuidó como si fuera un hijo solícito, y la llevó a su propia casa. El perfecto ejemplo de amor filial dado por Cristo resplandece sin haber perdido su fulgor en medio de las penumbras del pasado. Mientras soportaba aguda tortura, no se olvidó de su madre, e hizo hizo todas las provisiones necesarias para asegurar su futuro.

  45. La misión de la vida terrenal de Cristo estaba casi terminada. Tenía la lengua seca y exclamó: "Sed tengo". Empaparon una esponja con vinagre y hiel, y se la ofrecieron para que bebiera; cuando la probó, la rechazó. Y entonces el Señor de la vida y la gloria comenzó a agonizar como rescate por la especie humana. El sentimiento de pecado, que acarreó la ira del Padre sobre el sustituto del hombre, contribuyó a que la copa que bebía fuera tan amarga, y quebrantó el corazón del Hijo de Dios. En su condición de sustituto y seguridad del hombre, la iniquidad de éste fue depositada sobre Cristo; se lo contó entre los transgresores para que pudiera redimirlos de la maldición de la ley. La culpa de cada descendiente de Adán de todas las épocas oprimía su corazón; y la ira de Dios y la terrible manifestación de su disgusto frente a la iniquidad llenaron de consternación el alma de su Hijo. El apartamiento del rostro divino de junto al Salvador en esa hora de suprema angustia atravesó su corazón con un pesar que jamás podrá comprender plenamente el hombre.

  46. Cada espasmo soportado por el Hijo de Dios en la cruz, las gotas de sangre que fluyeron de su frente, sus manos y sus pies, las convulsiones de agonía que sacudieron su cuerpo y la, ineludible angustia que llenó su alma cuando su Padre ocultó su rostro de él, hablan al hombre diciéndole: "Por amor a ti el Hijo de Dios consintió en permitir que estos terribles crímenes fueran depositados sobre él; por ti saqueó los dominios de la muerte y abrió las puertas del Paraíso y la vida inmortal". El que calmó las airadas olas por medio de su palabra y caminó por las ondas coronadas de espuma, que hizo temblar a los demonios y logró que huyera la enfermedad al toque de su mano, el que resucitó muertos y abrió los ojos de los ciegos se ofreció en la cruz como el único sacrificio en lugar del hombre. El, el portador del pecado, soportó el castigo legal que merecía la iniquidad, y se hizo pecado por el hombre. Satanás hirió el corazón de Jesús con sus fieras tentaciones. El pecado, tan aborrecible a su vista, se acumuló sobre él hasta que gimió bajo su peso.

  47. No es maravilla que su humanidad temblara en esa hora terrible. Los ángeles fueron testigos asombrados de la desesperada agonía del Hijo de Dios, mucho mayor que su dolor físico que casi no sentía. Las huestes celestiales se cubrieron el rostro para no ver algo tan terrible. La naturaleza inanimada manifestó simpatía hacia su agonizante e insultado Autor. El sol no quiso contemplar la terrible escena. La plenitud de sus rayos resplandecientes estaba iluminando la tierra a mediodía, cuando de repente pareció desaparecer. Espesas tinieblas, como si fueran un sudario, rodearon la cruz y toda la zona circundante. Las tinieblas duraron tres horas completas. A la hora nona la temible oscuridad desapareció para la gente, pero siguió envolviendo al Salvador como si fuera un manto. Los furiosos relámpagos parecían dirigidos contra él mientras yacía colgado de la cruz. Entonces "Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mar. 15: 34).

  48. Consumado es En silencio la gente contempló el final de esa impresionante escena. De nuevo el sol resplandeció, pero la cruz siguió rodeada de tinieblas. De repente la oscuridad se apartó de la cruz, y con tonos claros, como de trompeta, que parecían proyectar sus ecos por toda la creación, Jesús exclamó: "¡Consumado es!" "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu." (Luc. 23: 46). Un halo luminoso circundó la cruz, y el rostro del Salvador brilló con una gloria semejante a la del sol. Entonces inclinó la cabeza sobre el pecho y murió. Cuando Cristo falleció, había sacerdotes que servían en el templo delante del velo que separaba el lugar santo del santísimo. De repente sintieron que la tierra temblaba bajo sus pies y el velo del templo, una cortina fuerte y de buena calidad, que se renovaba cada año, fue rasgada de alto a bajo por la misma mano exangüe que escribió las palabras condenatorias sobre los muros del palacio de Belsasar.

  49. Jesús no depuso su vida hasta haber cumplido la obra que había venido a hacer; y exclamó con su último suspiro: "¡Consumado es!" Los ángeles se regocijaron cuando escucharon esas palabras, porque el gran plan de redención había sido llevado a cabo triunfalmente. Hubo gozo en el cielo porque los hijos de Adán, de allí en adelante, y gracias a una vida de obediencia, podrían ser llevados finalmente a la presencia de Dios. Satanás fue derrotado y sabía que su reino estaba perdido.

  50. La sepultura Juan no sabía qué medidas había que tomar con respecto al cuerpo de su amado Maestro. Temblaba al pensar que podría ser manoseado por soldados rudos e insensibles, y depositado en un sepulcro indigno. Sabía que no podría conseguir favores de las autoridades judías, y muy pocos de Pilato. Pero José y Nicodemo hicieron frente a esa emergencia. Los dos eran miembros del Sanedrín y conocían a Pilato. Ambos eran ricos e influyentes. Estaban decididos a conseguir que el cuerpo de Jesús tuviera una sepultura honorable. José enfrentó osadamente a Pilato, y le pidió que le diera el cuerpo de Jesús para sepultarlo. Este dio entonces una orden oficial para que le fuera entregado. Mientras Juan, el discípulo, estaba ansioso y perturbado por los sagrados restos de su amado Maestro, José de Arimatea volvió con la autorización del gobernador; y Nicodemo, anticipándose al resultado de la entrevista de José con Pilato, vino con una costosa mezcla de mirra y áloes de unos cincuenta kilos de peso.