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CRISTOLOGÍA DEL NUEVO TESTAMENTO. 1. La resurrección de Jesús y la cristología del NT

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1. La resurrección de Jesús y la cristología del NT

  • La resurreción de Jesucristo fue el comienzo histórico de la fe en Cristo: “sólo después de la resurrección de Jesús llegaron los discípulos a la plenitud de la fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios”, aun cuando ya en su vida terrena Jesús exigió a la gente que le rodeaba que confiaran en él y sus acciones. En el NT vida de Jesús y fe en Jesús está estrechamente unidos. El Jesús de la historia sólo se entiende a partir de la experiencia pascual y, viceversa, el Cristo de la fe sólo se entiende a la luz de la vida terrena de Jesús.
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La resurrección de Jesús “constituyó no sólo el momento desencadenante de la fe de los discípulos, sino la fuente misma de la cristología, esto es, de la penetración de dicha fe mediante la luz de la razón creyente” .

  • La principal afirmación de la cristiandad naciente: ¡Dios ha resucitado a Jesús, el crucificado!, está a la base de todos los escritos neotestamentarios y fue ampliada por los diversos autores (Hch, Pablo, Apocalípsis, Sinópticos...).
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Luego, a partir de la fe en la resurrección se llegó a formular el sentido de la muerte de Jesús, muerto “por nuestros delitos” (1 Cor 15, 3ss), sin perjuicio de que el mismo Jesús haya dado a su muerte un sentido salvífico universal. Sin la resurreción, las palabras de Jesús habrían quedado en nada.

Algo parecido sucede con el concepto de Mesías. Jesús rebasa el concepto, no sólo en cuanto siervo sufriente, sino sobre todo como mesías-rey glorificado, a partir del hecho de su resurrección.

Varias otras representaciones cristológicas nacieron de la fe en la resurrección: entrada en el mundo celeste, exaltación, estar sentado a la diestra de Dios…

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La espera de la parusía depende estrictamente de esta fe: “este Cristo, que primero actuó en la humillación y que ahora ha sido exaltado a la gloria, volverá con poder y majestad a completar su obra, realizando la completa redención de los creyentes y el juicio de los no creyentes” .

  • Lo mismo vale para las cristologías tardías como la cósmica y la cristología de la preexistencia.
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En todos estos casos, los escritores sagrados se sirvieron de la Sagrada Escritura para descubrir toda la profundidad y riqueza de la fe en Cristo resucitado, del mismo modo como Jesús se sirvió de ella, de la figura del siervo sufriente, para interpretar su vida y su misión.

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2. La primera cristología de la Iglesia

Saber cuál ha sido la cristología más antigua de la Iglesia es muy importante, porque la legitimidad del desarrollo posterior de la fe depende de su vinculación con la proclamación de los apóstoles.

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Se ha discutido mucho acerca de cuál ha podido ser la cristología más antigua, si la de la exaltación o la de la parusía. “Para unos, la cristología más antigua suena así: Jesús ha sido justificado por Dios tras su muerte de cruz mediante la resurrección y vive con Dios; no hay que esperar un retorno glorioso. El tiempo escatológico de la salvación está ya ahí, y la comunidad aparece segura de ello a raíz de la venida del Espíritu Santo. Otros colocan el acento de la cristología más antigua en la perspectiva contraria:

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la comunidad espera precisamente, y con extraordinario interés, la parusía de Cristo; pero para ello no necesita imaginarse una exaltación, una instauración señorial de Cristo y una eficacia suya durante el período en que Jesús, a ella confiado, vive junto a Dios.

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Jesús está oculto a nuestra vista y sólo con su retorno se convertirá en Mesías en el sentido de Hijo del hombre, pasando a desempeñar la función regia que la comunidad helenística atribuye a su Señor (Kyrios), exaltado ya durante el tiempo intermedio”. Sin embargo, según parece, “no se dio una fe en la parusía de Jesús que no estuviera unida a la fe en su exaltación, como tampoco se dio una fe exclusiva en la exaltación aislada, sino que se esperaba al mismo tiempo la parusía de aquel a quien Dios había exaltado”. Cf. Mc 14.62, texto antiquísimo, con que la Iglesia entiende la resurrección de Jesús.

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a) La cristología de “exaltación”

  • + La cristología de la exaltación consiste “en la convicción de que Dios ha concedido a Jesús, después o con la resurrección, una dignidad y un poder”, constituyéndolo Señor y entronizándolo como a un Rey (Flp 2, 6-11). Textos más importantes:
  • + Hch 2, 32-36. Lucas recoge una concepción cristológica anterior sin falsearla. En ella se describen tres actuaciones divinas: a) Dios ha resucitado a Jesús b) lo ha elevado a su diestra y c) por medio de Jesús ha enviado al Espíritu Santo. La aplicación a Jesús del título de “Hijo de David”, de acuerdo al Sal 110,1, tiene por objeto subrayar que Jesús es superior a David, pues es “Señor”. Esta condición la adquiere Jesús tras su resurrección, al ser exaltado. Hch 2,36 concluye: “Dios ha elevado a Jesús a la dignidad de Señor y Mesías”; o sea, habiendo llegado a ser Señor, Dios constituyó a Jesús Mesías (si para los cristianos Jesús fue “mesías” también en la humillación, los judíos sólo entendería que Jesús es el mesías en cuanto se le hubiera trasmitido un poder).
  • + Hch 5, 31 añade a lo anterior el aspecto soteriológico. “La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo Jefe y Salvador, para otorgar a Israel el arrepentimiento y el perdón de los pecados”.
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Conforme a esta misma manera de concebir la resurrección, Hch 13, 33 afirma que Dios ha cumplido sus promesas al resucitar a Jesús, según el Sal 2: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy” (Salmo inspirado en 2 Sm 7,14: “Yo seré para él padre, y él será para mí hijo”). Es decir, también se piensa que por su resurrección Jesús ha llegado a ser “Hijo de Dios”, aunque hasta ahora en su mera significación mesiánica (en el AT el rey es llamado “hijo de Dios”).

  • En Rom 1, 4 san Pablo hace suya una fórmula cristológica antigua: “si Jesús, según la carne, procede del linaje de David, y es constituido Hijo de Dios desde (o por) su resurrección de entre los muertos, entonces la dignidad de Hijo de Dios se le atribuye sólo en cuanto exaltado (a diferencia del v. 3)”. Nuevamente aquí la fórmula prepaulina se inspira en 2 Sm 7, 14, de modo que la calidad de Hijo de Dios que se atribuye a Jesús la adquiere por su entronización y por el poder que se le concede (el título tiene un sentido mesiánico, y todavía no “ontológico” como sí lo tiene en v. 3).
  • Por último, hay que pensar que la cristología de exaltación se dio contemporáneamente, y no después, de la cristología del “Hijo del hombre” (que ha de venir en el futuro).
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b) El Cristo “según la carne y según el espíritu”

  • Una vez creída la exaltación de Cristo surgió la pregunta de cómo interpretar su vida terrena anterior. ¿Como “humillación”(Flp 2,8)? No es tan claro. Hay otra expresión antiquísima que se repite en distintos contextos en tres oportunidades. Son tres formulaciones confesionales, litúrgicas:
  • Rom 1, 3: Jesucristo que “(nació) de la estirpe de David, por línea carnal” y “fue constituido Hijo de Dios en poder conforme al Espíritu de santidad desde la resurrección de entre los muertos”. El texto alude a dos modos de existencia sucesivos y complementarios, “un período humano-terreno y un estado celeste junto a Dios que comienza con la resurreción y perdura todavía” . Trátase de la trayectoria señalada por Dios, cumplida por Jesucristo en dos modalidades de existencia.
  • 1 Pe 3, 18: “Cristo para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu”. Otra probable fórmula litúrgica que distingue dos esferas en la existencia de Jesucristo, pero de un solo camino, de un único proceso. La mención de la muerte remite a su existencia terrena y la vivificación en el espíritu indica su existencia actual a partir del giro decisivo de la resurrección, principio de su señorío.
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1 Tim 3, 16a: Nuevamente se trata de un himno cristológico que se refiere a los dos modos de existencia de Jesucristo, y que celebra su victoria y su gloria. “El ha sido manifestado en la carne, justificado en el Espíritu”. La manifestación en carne remite al principio de la vida terrena y a todo el período humano de Jesús.

La “justificación” -más difícil de comprender- hay que tomarla en el sentido de que “fue llevado a la gloria”. En fin, “el tiempo de su existencia terrena en la carne era el presupuesto de su señorío victorioso que él ha alcanzado y ejerce en el espíritu” .

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En conclusión, estos textos antiguos y referidos al mundo judío hablan de dos estadios de la vida de Jesucristo, vinculados por su resurrección. Jesucristo sólo puede ser reconocido como Mesías, “hijo de Dios”, en la medida que Dios lo entroniza y constituye Señor (Rom 1, 3s). “Por eso todo el énfasis recae en la condición del Cristo que ha entrado en la gloria de Dios; él es el vencedor de todas las potencias enemigas de Dios, el liberador de todos los justos (1 Pe 3, 18s), cuyo señorío se revela en los cielos y es celebrado litúrgicamente en la tierra, difundiendo su influjo bienhecho por el mundo entero (1 Tim 3, 16)”.

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Estas formulaciones aunque no aluden a la doctrina posterior de las dos naturalezas de Cristo, le preparan el terreno. De hecho, Pablo cree que “el hijo de Dios” mesiánico es “el Hijo de Dios” preexistente (Rom 1, 3; Gál 4, 4).

  • La cristología evolucionó en dos sentidos. San Pablo, olvidándose prácticamente de la vida terrena de Jesús, se dedicó a proclamar al Señor Jesucristo, muerto y resucitado. Los evangelios, en cambio, y por medio de ellos todas las comunidades que guardaban un recuerdo vivo de Jesús, procurarán conservar su memoria histórica: sus palabras y sus acciones, toda su trayectoria mesiánica.