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AQUELLAS VEREDAS INOLVIDABLES

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  1. AQUELLAS VEREDAS INOLVIDABLES

  2. Era y espero lo siga siendo un lugar maravilloso; como pedazo arrancado del Paraíso. Ahí experimenté mi transición de niño a adolescente. Ahí conocí los primeros besos con sabor a miel. Y la hiedra amarga de las primeras traiciones.Ahí tuve mis novicios sueños de grandeza, con tintes a veces de pesadillas que me colocaron en mi lugar de poca cosa. Recuerdo ese sitio, como si se me presentara en diapositivas cotidianas, de todas las noches, de toda la vida. Le tengo tan fresco, a pesar de las telarañas del tiempo que empañan la memoria.Recuerdo cuando me escapaba del rigor de los días, de mi vida cuando asechaba el sufrimiento, el dolor. Recuerdo aquella enorme roca, a la veda del camino a Los Horizontes, con vista a valles bordeados de flores exóticas de mil colores a donde yo llegaba para llorar mis penas, llanto de niño herido. Y allí encontraba en mi soledad el consuelo.La silueta de la Iglesia de Santo Tomás la Unión se divisaba, hacia el Norte, cuesta abajo la conjunción de los ríos Nahualate y Yaxhà. El recorrido del ahora un solo río que se perdía entre barrancos y hondonadas adornados de helechos, musgos, orquídeas y de flores Ave del Paraíso. Apenas se divisaba el color plomizo del humo emanado de las casitas rústicas de los habitantes de Pasacul y Paculam, aldeas de la etnia Mam perdidas entre el espesor de aquella semi-jungla de cafetales, Nadie supo decirme con certeza cómo llegaron desde su Huehuetenango lejano para radicarse precisamente allí, quizá empujados por la incertidumbre y la pobreza, producto de la injusticia y la indiferencia social. A lo lejos se divisaba los dos picos del Volcán Siete Orejas, con su árbol de Albaricoque silvestre inmerso entre ambas puntas. Más al sur, la pequeña cordillera formada por el Cerro de San Marcos, que escondía apenas los domos de los volcanes de San Pedro, Tolimán y Atitlàn, a orillas del lago más bello del mundo.Recuerdo ahora en la lejanía y sumido en la nostalgia, aquellas escapadas de la escuela.

  3. Recuerdo a mis amigos de entonces, a mi inseparable Amilcar huérfano de padre, hijastro de un viudo, chaparro, regordete y calvo quien en los tiempos del dictador Ubico fungió como Sargento y quién con manumilitare nos impartía el curso obligatorio de Instrucción Militar. A pesar de ello, tenía el corazón de oro.Aquellos cómplices de entonces de tantas aventuras vencidas. Aquellas batallas inventadas y siempre ganadas en nuestra imaginación infantil, sueños de grandezas y de héroes caídos, juegos de hombres en miniatura soñando con ser grandes.Nuestras exploraciones en búsqueda de tesoros inexistente nos llevaba a veces a las cataratas formadas por el Río San Lorenzo, que ocultaban apenas, detrás de la cortina de agua, una cueva a la que nunca tuvimos el coraje de ingresar, ya que era utilizada por los nativos para sus prácticas de hechicería.Otras tantas veces, después de caminar por largos trechos formados por interminables surcos de Cardamomo nos conducían a la cima del Cerro de San Marcos. El éxito de nuestra empresa era coronado por la vista más espectacular. A nuestros pies, la planicie y los valles que en la distancia conducían al Lago de Panajachel. Al lado opuesto, todo un mar de cañaverales en flor. El azul del Océano Pacífico se divisaba en el horizonte. Opciones de aventuras sobraban.Hacia el Norte, atravesando la cuesta empedrada a un costado de la Casa Grande, lugar de residencia temporal de los patrones, a quiénes casi nunca veíamos; era más fácil ver a Dios. Algunos metros cuesta abajo, el trapiche, lugar indiscutible para proveernos de una sabrosa porción de melcocha caliente y que los trabajadores gustosos nos ofrecían envuelto en hojas de plátano.Acto seguido, la bifurcación del camino; a la derecha nos conducía al Pueblo de Santo Tomás la Unión, a algunos kilómetros, no sin antes aventurarnos en aquella cabaña olvidada y que en un momento de frenesí, le prendimos fuego porque fuimos testigos, de cientos de culebras Mazacuata en brama y que con sus chillidos formaban un ruido infernal. Iniciábamos el descenso del barranco que nos conducía a la enorme poza del Río Nahualate que estrellaba con violencia sus aguas en una pared de roca y que al hacerlo, formaba un remolino y una enorme cueva servía de testigo mudo de la fuerza de la naturaleza en suestado más salvaje. Muchos intrépidos o insensatos perdieron la vida en esa cueva. Entraron; nunca más salieron.

  4. A la izquierda, el camino a nuestro punto de predilección; la poza del Río Yaxhà. Al costado izquierdo, sobre una loma, el cementerio local, luego, algunos kilómetros cuesta abajo, nos esperaba la diversión a granel. En esa poza, encaramados en una enorme piedra que servía de antesala a las caídas de las aguas, en el lugar más peligroso del río ya que desde allí se formaban los rápidos; por sobrevivencia o por orgullo varonil perdí el miedo, aprendí a lanzarme en picada. Aprendí a nadar. Pero sobretodo; aprendí a luchar, a no dejarme vencer, a intentarlo de nuevo hasta triunfar. A aceptar los desafíos que el destino me deparaba. Empezaba a convertirme de niño a hombre. Llegar a esos parajes significaba toda una odisea. Empezaba dejando el pueblo de San Antonio Suchitepequez, una vez dejada la asfaltada, se aventuraban entonces los camiones saturados de bienes y personas, autobuses y cualquier otro vehículo por un estrecho camino de una sola vía, polvoriento en el verano, fangoso en el invierno. Algunos kilómetros después; se debía atravesar el puente de hamaca sobre el Nahualate, siempre en muy mal estado y que presentaba un constante peligro para quienes osaran atravesarlo. Muchos perdieron la vida al caer inexorablemente al vacío. El camino serpenteaba entre pendientes peligrosas, atravesando cuánta finca era posible, “El Marne”, “La Esperanza”, “La Abundancia”, “Alta Vista”, “Baja Vista”, “La Paz” y luego; esa finca, la de mis sueños “Filadelfia”. De aquellos otrora primeros amores no quedó en la memoria que sus nombres; algunos. De los rostros que en su momento para mí serían inolvidables, ya ni me acuerdo. Solo quedó impregnado para siempre en mis recuerdos; la belleza sublime de aquel lugar y la niñez perdida para siempre. *** Este lugar me sirvió de marco para mi primer novela: »Ángel con las alas rotas» donde mi personaje, Juan Ramón vivió los primeros años de su corta existencia. -RonyFer-