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La Literatura hispanoamericana del siglo xx

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  1. La Literatura hispanoamericana del siglo xx Tema 26. 2º Bachillerato

  2. Esquema • Introducción • La poesía hispanoamericana del siglo XX: a) Modernismo y Posmodernismo b) Vanguardismo c) Tras las vanguardias • La narrativa hispanoamericana del siglo XX: a) Primeras décadas del siglo b) Renovación de la novela c) A partir de 1960

  3. I. Introducción • Durante el s. XX la producción literaria hispanoamericana alcanzó gran importancia e influencia en España y en el mundo. • Siglo especialmente convulso. • Características de esta literatura: • Mestizaje cultural • Profundas influencias mutuas con Europa y Norteamérica

  4. II. La poesía hispanoamericana del s. XX • Se distinguen tres etapas:

  5. LO FATAL Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente. Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror... Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, ¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!... Cantos de vida y esperanza(1905)

  6. DEVUELTO A la cara de mi hijo que duerme, bajan arenas de las dunas, flor de la caña y la espuma que vuela de la cascada... Y es sueño nada más cuanto le baja; sueño cae a su boca, sueño a su espalda, y me roban su cuerpo junto con su alma. Y así lo van cubriendo con tanta maña, que en la noche no tengo hijo ni nada, madre ciega de sombra, madre robada. Hasta que el sol bendito al fin lo baña: me lo devuelve en linda fruta mondada ¡y me lo pone entero sobre la falda! Gabriela Mistral

  7. b) Vanguardismo Al igual que en España, en los años 20, triunfan los experimentos vanguardistas:

  8. Dos poetas destacados • CÉSAR VALLEJO (Perú, 1892-1938) • Orígenes humildes, mestizo, marginado • Poesía sensible hacia la injusticia, el dolor y la conciencia de clase • Inicios modernistas(Los heraldos negros, 1919), poco a poco alcanza un estilo personal: Trilce(1922) obra pesimista, dolorida y desolada, estética muy cercana al vanguardismo. Finalmente, tendrá influencia del Surrealismo (Poemas en prosa…, poemas humanos) • PABLO NERUDA (Chile, 1904-1973) • Literato, político y diplomático • Ejerció gran influencia en poetas del 27 • Poesía comprometida • Nobel de Literatura en 1971 • Inicios posrománticos(Veinte poemas de amor y una canción desesperada, 1924). Luego, influencias surrealistas (Residencia en la tierra). Finalmente, cultivó una poesía comprometida políticamente con el ideario marxista (Tercera residencia, 1947; Canto general, 1950)

  9. No hay tiempo que perderLos iceberg que flotan en los ojos de los muertosConocen su caminoCiego sería el que lloraraLas tinieblas del féretro sin límitesLas esperanzas abolidasLos tormentos cambiados en inscripción de cementerioAquí yace Carlota ojos marítimosSe le rompió un satéliteAquí yace Matías en su corazón dos escualos se batíanAquí yace Marcelo mar y cielo en el mismo violonceloAquí yace Susana cansada de pelear contra el olvidoAquí yace Teresa ésa es la tierra que araron sus ojos hoy ocupada por su cuerpoAquí yace Angélica anclada en el puerto de sus brazosAquí yace Rosario río de rosas hasta el infinitoAquí yace Raimundo raíces del mundo son sus venasAquí yace Clarisa cara risa enclaustrada en la luzAquí yace Alejandro antro alejado ala adentroAquí yace Gabriela rotos los diques sube en las savias hasta el sueño esperando la resurrecciónAquí yace AItazor azor fulminado por la alturaAquí yace Vicente antipoeta y mago Altazor V. Huidobro

  10. Saudade Estoy solo en el último tramo de la ausencia y el dolor hace horizonte en mi demencia. Allá lejos, el panorama maldito. ¡Yo abandoné la Confederación sonora de su carne! Sobre todo su voz, hecha pedazos entre los tubos de la música! En el jardín interdicto -azoro unánime- el auditorio congelado de la luna. Su recuerdo es sólo una resonancia entre la arquitectura del insomnio. ¡Dios mío, tengo las manos llenas de sangre! Y los aviones, pájaros de estos climas estéticos, no escribirán su nombre en el agua del cielo. M. Maples Arce

  11. Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... Yo no sé Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; o los heraldos negros que nos manda la muerte. Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema. Y el hombre... Pobre... pobre Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como un charco de culpa, en la mirada. Hay golpes en la vida, tan fuertes ... Yo no sé. CÉSAR VALLEJO: Los heraldos negros

  12. Amanece lloviendo. Bien peinada la mañana chorrea el pelo fino. Melancolía está amarrada; y en mal asfaltado oxidente de muebles hindúes, vira, se asienta apenas el destino. Cielos de puna descorazonada por gran amor, los cielos de platino, torvos de imposible. Rumia la majada y se subraya de un relincho andino. Me acuerdo de mí mismo. Pero bastan las astas del viento, los timones quietos hasta hacerse uno, y el grillo del tedio y el jiboso codo inquebrantable. Basta la mañana de libres crinejas de brea preciosa, serrana, cuando salgo y busco las once y no son más que las doce deshoras. CÉSAR VALLEJO: Trilce

  13. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos». El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. La noche está estrellada y ella no está conmigo. Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca. Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, Mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. P. NERUDA: Veinte poemas de amor…

  14. Mostradme vuestra sangre y vuestro surco, decidme: aquí fui castigado, porque la joya no brilló o la tierra no entregó a tiempo la piedra o el grano: señaladme la piedra en que caísteis y la madera en que os crucificaron, encendedme los viejos pedernales, las viejas lámparas, los látigos pegados a través de los siglos en las llagas y las hachas de brillo ensangrentado. Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta. A través de la tierra juntad todos los silenciosos labios derramados y desde el fondo habladme toda esta larga noche como si yo estuviera con vosotros anclado, contadme todo, cadena a cadena, eslabón a eslabón, y paso a paso, afilad los cuchillos que guardasteis, ponedlos en mi pecho y en mi mano, como un río de rayos amarillos, como un río de tigres enterrados, y dejadme llorar, horas, días, años, edades ciegas, siglos estelares. Dadme el silencio, el agua, la esperanza. Dadme la lucha, el hierro, los volcanes. Hablad por mis palabras y mi sangre. ALTURAS DE MACHU PICHU (C.G.) Sube a nacer conmigo, hermano. Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado. No volverás del fondo de las rocas. No volverás del tiempo subterráneo. No volverá tu voz endurecida. No volverán tus ojos taladrados. Mírame desde el fondo de la tierra, labrador, tejedor, pastor callado: domador de guanacos tutelares: albañil del andamio desafiado: aguador de las lágrimas andinas: joyero de los dedos machacados: agricultor temblando en la semilla: alfarero en tu greda derramado: traed a la copa de esta nueva vida vuestros viejos dolores enterrados.

  15. c) La poesía tras las Vanguardias

  16. OCTAVIO PAZ (México, 1914-1998) • Figura principal de la poesía tras las Vanguardias • Considera la poesía como un signo trascendente (metafísica) • Se adapta a cualquier corriente literaria y filosófica (inicios modernistas, poeta puro, influencias surrealistas y existencialistas, influencias del budismo y pensamiento oriental en los años 60) • Águila o sol, Semillas para un himno.

  17. CANTO NEGRO ¡Yambambó, yambambé! Repica el congo solongo, repica el negro bien negro; congo solongo del Songo baila yambó sobre un pie. Mamatomba, serembe cuserembá. El negro canta y se ajuma, el negro se ajuma y canta, el negro canta y se va. Acuememe serembó,                                       aé                               yambó,                                       aé. Tamba, tamba, tamba, tamba, tamba del negro que tumba; tumba del negro, caramba, caramba, que el negro tumba: ¡yamba, yambó, yambambé! N. Guillén: Sóngoro cosongo. Poemas mulatos

  18. CRONOS En Santiago de Chile Los         días                 son                         interminablemente                                                               largos: Varias eternidades en un día. Nos desplazamos a lomo de luma Como los vendedores de cochayuyo: Se bosteza. Se vuelve a bostezar. Sin embargo las semanas son cortas Los meses pasan a toda carrera Ylosañosparecequevolaran. NICANOR PARRA: Canciones rusas, 1967. Cochayuyo: «alga comestible»

  19. VISITAS A través de la noche urbana de piedra y sequía entra el campo a mi cuarto. Alarga brazos verdes con pulseras de pájaros, con pulseras de hojas. Lleva un río de la mano. El cielo del campo también entra, con su cesta de joyas acabadas de cortar. Y el mar se sienta junto a mí, extendiendo su cola blanquísima en el suelo. Del silencio brota un árbol de música. Del árbol cuelgan todas las palabras hermosas que brillan, maduran, caen. En mi frente, cueva que habita un relámpago... Pero todo se ha poblado de alas. O. Paz: Semillas para un himno (1943-55)

  20. PuebloLas piedras son tiempo El vientoSiglos de viento Los árboles son tiempoLas gentes son piedra El vientoVuelve sobre si mismo y se entierraEn el día de piedraNo hay agua pero brillan los ojos Octavio Paz: Ladera este

  21. III. La narrativa hispanoamericana del siglo XX

  22. a) Primeras décadas del siglo XX

  23. Ya le era imposible dudar de la verdad del atropello que invadía el cerro. Llegaban... Llegaban más pronto de lo que él pudo imaginarse. Echarían abajo su techo, le quitarían la tierra. Sin encontrar una defensa posible, acorralado como siempre, se puso pálido, con la boca semiabierta, con los ojos fijos, con la garganta anudada. ¡No! Le parecía absurdo que a él... Tendrían que tumbarle con hacha como a un árbol viejo del monte. Tendrían que arrastrarle con yunta de bueyes para arrancarle de la choza donde se amañó, donde vio nacer al guagua y morir a su Cunshi. ¡Imposible! ¡Mentira! No obstante, a lo largo de todos los chaquiñanes del cerro la trágica noticia levantaba un revuelo como de protestas taimadas, como de odio reprimido. Bajo un cielo inclemente y un vagar sin destino, los longos despojados se arremangaban el poncho en actitud de pelea, como si estuvieran borrachos, algo les hervía en la sangre, les ardía en los ojos, se les crispaba en los dedos y les crujía en los dientes como tostado de carajos. Las indias murmuraban cosas raras, se sonaban la nariz estrepitosamente y de cuando en cuando lanzaban un alarido en recuerdo de la realidad que vivían. Los pequeños lloraban. Quizás era más angustiosa y sorda la inquietud de los que esperaban la trágica visita. Los hombres entraban y salían de la choza, buscaban algo en los chiqueros, en los gallineros, en los pequeños sembrados, olfateaban por los rincones, se golpeaban el pecho con los puños --extraña aberración masoquista--, amenazaban a la impavidez del cielo con el coraje de un gruñido inconsciente. Las mujeres, junto al padre o al marido que podía defenderlas, planeaban y exigían cosas de un heroísmo absurdo. Los muchachos se armaban de palos y piedras que al final resultaban inútiles. Y todo en la ladera, con sus locos chaquiñanes, con sus colores vivos unos y desvaídos otros, parecía jadear como una mole enferma en el medio del valle. (J.ICAZA, Huasipungo)

  24. b) Renovación de la novela • A mediados de siglo se busca cambiar la novela. • En lo temático, se acentúa la tendencia de profundizar en lo americano, así como se atiende a los cambios sociales experimentados. • En lo formal, cambia la técnica realista: se asimilan innovaciones narrativas de las Vanguardias y de autores europeos. • Se observan distintas tendencias: - Narrativa metafísica - Narrativa existencial - Realismo mágico

  25. En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo[…]vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. J.L. Borges: El Aleph

  26. Fue una espera interminable. No sé cuanto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados. (...) A veces volvía a ser piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad.

  27. El día se fue aclarando lentamente, aunque siempre retrasado de luz con relación a la hora, sobre una ciudad destechada, llena de escombros y despojos —puesta en el hueso de sus vigas desnudas—. Centenares de casas pobres quedaban reducidas a los horcones esquineros con tambaleantes pisos de madera alzados sobre fangales, como escenarios de miseria, donde familias resignadas hacían el recuento de las pocas cosas que les quedaban.[...]De las aguas sucias del puerto emergían mástiles de veleros hundidos, entre botes volcados, que flotaban sin rumbo hasta trabarse en racimos. Sacábase a tierra algún cadáver de marinero, con las manos enredadas en una maraña de cordeles. En el Arsenal, el ciclón había barrido por lo bajo, esparciendo las maderas de las naves en construcción, acabando con las frágiles paredes de las tabernas y casas de baile. Las calles eran fosos de lodo. Algunos palacios viejos, a pesar de sus corpulentas mamposterías, habían sido vencidos por el viento, entregando las lucetas, las puertas y ventanas al huracán que, metido entre sus muros, los había embestido desde adentro, derribando pórticos y fachadas. Los muebles de una ebanistería famosa […] llevados por el viento, habían ido a caer en pleno campo, más allá de las murallas de la ciudad, más allá de las huertas, allá donde centenares de palmeras yacían, en el desbordamiento de los arroyos crecidos, como fustes de columnas antiguas derribadas por un terremoto. Y, sin embargo, a pesar de la magnitud del desastre, las gentes, acostumbradas a la periodicidad de un azote que era considerado como una inevitable convulsión del Trópico, se daban a cerrar, a reparar, a repellar, con una diligencia de insectos. Todo estaba mojado; todo olía a mojado; todo mojaba las manos. Secar, achicar, arrojar el agua de donde estuviera, fue trabajo de todos durante aquel día. Y a media tarde, cumplida ya la tarea de rehacer las viviendas propias, empezaron a ofrecerse los carpinteros, los albañiles, los vidrieros y cerrajeros. A. Carpentier: El Siglo de las Luces

  28. Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. J. Cortázar, Rayuela

  29. Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias. Julio Cortázar, Rayuela, capítulo 68 CAPÍTULO ESCRITO EN GLÍGLICO

  30. JUEGO LITERARIO EN RAYUELA Cap. 34 "En setiembre del 80, pocos meses después del fallecimientoY las cosas que lee, una novela, mal escrita, para colmode mi padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolosuna edición infecta, uno se pregunta cómo puede interesarlea otra casa extractora de Jerez tan acreditada como la mía;algo así. Pensar que se ha pasado horas enteras devorandorealicé los créditos que pude, arrendé los predios, traspaséesta sopa fría y desabrida, tantas otras lecturas increíbles,las bodegas y sus existencias, y me fui a vivir a Madrid.“ En este capítulo se mezclan la lectura de un texto de Galdós, que corresponde a las líneas impares (Lo prohibido) con las reflexiones del protagonista, que se intercalan, en las líneas pares.

  31. Salí a la calle para buscar el aire; pero el calor que me perseguía no se despegaba de mí. Y es que había aire; sólo la noche entorpecida y quieta, acalorada por la canícula de agosto. No había aire. Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se fuera. Lo sentía ir y venir cada vez menos; hasta que se hizo tan delgado que se filtró entre mis dedos para siempre. Tengo memoria de haber visto algo así como nubes espumosas Haciendo remolino sobre mi cabeza y luego enjuagarme con aquella espuma y perderme en su nublazón. Fue lo último que vi. -¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan preciado? Yo te encontré en la plaza, muy lejos de la casa de Donis, y junto a mí también estaba él, diciendo que te estabas haciendo el muerto. Entre los dos te arrastramos a la sombra del portal, ya bien tirante, acalambrado como mueren los que mueren muertos de miedo. De no haber habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos hubiera faltado la fuerza para llevarte y cuantimás para enterrarte. Y ya vez te enterramos. -Tiene razón Doroteo. ¿Dices que te llamas Doroteo? -Da lo mismo. Aunque mi nombre sea Dorotea. Pero da lo mismo. -Es cierto, Dorotea. Me mataron los murmullos. Juan RULFO: Pedro Páramo

  32. C) LA NOVELA DESDE 1960 • Gran difusión internacional: «boom» de la novela hispanoamericana. • Sigue las tendencias renovadoras del género desarrolladas a mediados del siglo XX. • Se difunden los nuevos autores junto con los anteriores: intereses comerciales de editoriales • Las novelas presentan una perfecta asimilación de las innovaciones técnicas junto con la tradición hispana y española.

  33. Autores destacados • GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (Colombia,1928-) • Novelista más conocido y difundido • Premio Nobel de Literatura en 1982. • Periodista y novelista • Muestra una gran capacidad narrativa, mezcla lo real con lo maravilloso, funde mito e Historia. - El coronel no tiene quien le escriba (1961), La mala hora (1962), Cien años de soledad (1967), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en tiempos del cólera (1985), Noticia de un secuestro (1996)

  34. José Arcadio Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus trescientos habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto. (...) Vio una mujer vestida de oro en el cogote de un elefante. Vio un dromedario triste. Vio un oso vestido de holandesa que marcaba el compás de la música con un cucharón y una cacerola. Vio a los payasos haciendo maromas en la cola del desfile, y le vio otra vez la cara a su soledad miserable cuando todo acabó de pasar, y no quedó sino el luminoso espacio en la calle, y el aire lleno de hormigas voladoras, y unos cuantos curiosos asomados al precipicio de la incertidumbre. Entonces fue el castaño, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño. (...) En aquél Macondo olvidado hasta por los pájaros, dónde el polvo y el calor se habían hecho tan tenaces que costaba trabajo respirar, recluidos por la soledad y el amor y por la soledad del amor en una casa dónde era casi imposible dormir por el estruendo de las hormigas coloradas, Aureliano y Amaranta Úrsula eran los únicos seres felices, y los más felices sobre la tierra. Cien años de soledad

  35. Terminaron por conocerse tanto, que antes de los treinta años de casados eran como un mismo ser dividido, y se sentían incómodos por la frecuencia con la que se adivinaban el pensamiento sin proponérselo, o por el accidente ridículo de que el uno se anticipara en público a lo que el otro iba a decir. Habían sorteado juntos las incomprensiones cotidianas, los odios instantáneos, las porquerías reciprocas y los fabulosos relámpagos de gloria de la complicidad conyugal. Fue la época en que se amaron mejor, sin prisa y sin excesos, y ambos fueron mas conscientes y agradecidos de sus victorias inverosímiles contra la adversidad. La vida había de depararles todavía otras pruebas mortales, por supuesto, pero ya no importaba: estaban en la otra orilla. El amor en tiempos del cólera

  36. Autores destacados CARLOS FUENTES (Méjico, 1928-2012 M. VARGAS LLOSA (Perú, 1936-) Mucho éxito, Nobel en 2010 Grandes dotes narrativas y uso de múltiples técnicas innovadoras: autobiografismo, fabulación y realismo crítico La ciudad y los perros (1962), Conversación en la catedral(1969) • Heredero de la novela de la revolución • Incluye elementos renovadores y muchas referencias culturales • La muerte de Artemio Cruz (1962), Gringo viejo (1985)

  37. Paul Morand, con quien compartí varias veces la piscina del Automobile Club de France en la Place de la Concorde, me decía que en su testamento había dejado dispuesto que su piel fuese utilizada como maleta a fin de seguir viajando eternamente. Venecia –o las Venecias, en plural- era una de las ciudades preferidas de este autonombrado “viudo de Europa”. Venecia, más que una ciudad, era para Morand la confidente de su alma silenciosa, el retrato de un hombre en mil Venecias diferentes. Yo, que viví medio año frente a la Chiesa de San Bastian decorada por Veronese en esa mitad de las Venecias que es el Dorsoduro, siento a la Venecia como una ciudad que requiere ausencias para conservar su gloria, que es la del asombro. Tenemos los humanos una capacidad constante para convertir la maravilla en la rutina. Cuando me di cuenta de que atravesaba San Marco sin mirar nada más que la punta de mis zapatos, me fui de la costumbre para recuperar el asombro y recordar y escribir a Venecia como la ciudad donde ninguna huella de pisadas queda sobre la piedra o el agua. En ese lugar de espejismos, no hay cabida para otro fantasma que el tiempo, y sus huellas son insensibles. La laguna desaparecería sin piedra que reflejar y la piedra sin aguas donde reflejarse. Poco pueden, he pensado, los cuerpos pasajeros de los hombres contra este encantamiento. Poco importa que seamos sólidos o espectrales. Igual da. Venecia toda es un fantasma. No expide visas de entrada a favor de otros fantasmas. Nadie los reconocería por tales aquí. Y así, dejarían de serlo. Ningún fantasma se expone a tanto. C. Fuentes: En esto creo

  38. Había mucho tráfico. El chofer, maniobrando, consiguió abrirse paso entre una guagua con racimos de gente colgada de las puertas y un camión. Frenó en seco, a pocos metros de la gran fachada de cristales de la ferretería Reid. Al saltar del taxi, con el revólver en la mano, Antonio alcanzó a darse cuenta que las luces del parque se encendían, como dándoles la bienvenida. Había limpiabotas, vendedores ambulantes, jugadores de rocambor, vagos y mendigos pegados a las paredes. Olía a fruta y frituras. Se volvió a apurar a Juan Tomás, que, gordo y cansado, no conseguía correr a su ritmo. En eso, estalló la balacera a sus espaldas. Una gritería ensordecedora se levantó alrededor; la gente corría entre los autos, los carros se trepaban a las veredas. Antonio oyó voces histéricas: «¡Ríndanse, carajo!». «¡Están rodeados, pendejos!» Al ver que Juan Tomás, exhausto, se paraba, se paró también a su lado y comenzó a disparar. Lo hacía a ciegas, porque caliés y guardias se escudaban detrás de los Volkswagen, atravesados como parapetos en la pista, interrumpiendo el tráfico. Vio caer a Juan Tomás de rodillas, y lo vio llevarse la pistola a la boca, pero no alcanzó a dispararse porque varios impactos lo tumbaron. A él le habían caído muchas balas ya, pero no estaba muerto. «No estoy muerto, coño, no estoy.» Había disparado todos los tiros de su cargador y, en el suelo, trataba de deslizar la mano al bolsillo para tragarse la estricnina. La maldita mano pendeja no le obedeció. No hacía falta, Antonio. Veía las estrellas brillantes de la noche que empezaba, veía la risueña cara de Tavito y se sentía joven otra vez. Vargas Llosa: La fiesta del chivo

  39. El cuento hispanoamericano • Los novelistas hispanoamericanos han mostrado gran interés por la narración breve. • En ella han desarrollado magistralmente los presupuestos de su novela (realismo mágico, asimilación de técnicas innovadoras, buscar la esencia de lo americano) • Destacamos: • J. L. Borges • Horacio Quiroga • J. Cortázar • Carlos Fuentes

  40. Duermes, sin soñar, hasta que el chorro de luz te despierta, a las seis de la mañana, porque ese techo de vidrios no posee cortinas. Te cubres los ojos con la almohada y tratas de volver a dormir. A los diez minutos, olvidas tu propósito y caminas al baño, donde encuentras todas tus cosas dispuestas en una mesa, tus escasos trajes colgados en el ropero. Has terminado de afeitarte cuando ese maullido implorante y doloroso destruye el silencio de la mañana. Llega a tus oídos con una vibración atroz, rasgante, de imploración. Intentas ubicar su origen: abres la puerta que da al corredor y allí no lo escuchas: esos maullidos se cuelan desde lo alto, desde el tragaluz. Trepas velozmente a la silla, de la silla a la mesa de trabajo, y apoyándote en el librero puedes alcanzar el tragaluz, abrir uno de sus vidrios, elevarte con esfuerzo y clavar la mirada en ese jardín lateral, ese cubo de tejos y zarzas enmarañados donde cinco, seis, siete gatos —no puedes contarlos: no puedes sostenerte allí mas de un segundo— encadenados unos con otros, se revuelcan envueltos en fuego, desprenden un humo opaco, un olor de pelambre incendiada. Dudas, al caer sobre la butaca, si en realidad has visto eso; quizás solo uniste esa imagen a los maullidos espantosos que persisten, disminuyen, al cabo terminan. Carlos Fuentes, Aura