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EL CAMINO A LA FE

EL CAMINO A LA FE. Lección 7 para el 12 de noviembre de 2011.

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EL CAMINO A LA FE

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  1. EL CAMINO A LA FE Lección 7 para el 12 de noviembre de 2011

  2. “¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley. Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gálatas, 3: 21-22) LA LEY Y LAS PROMESAS Tanto la ley como las promesas fueron dadas por Dios y, por tanto, no pueden contradecirse. Cada una tiene su parte en el plan divino. El problema lo tenían aquellos que pensaban que, a través de la justicia de la ley, podían obtener vida espiritual. Debido a la extensión del pecado y a las limitaciones de la ley, la promesa de vida eterna nos llega solo por medio de la fidelidad de Cristo en nuestro favor.

  3. BAJO LA LEY “Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada” (Gálatas, 3: 23) En sus epístolas, Pablo usa el término “bajo la ley” con dos significados distintos: “Bajo la ley” como un modo alternativo de salvación (Gálatas, 4: 21). Es imposible obtener la justicia que da vida por la obediencia, porque si creemos que podemos ser justificados por la obediencia a la ley, rechazamos a Cristo. “Bajo la ley” en el sentido de estar bajo su condenación (Romanos, 6: 14-15). La ley nos condena y no puede quitar el pecado. Esto no anula la ley. Estar “bajo la ley” en este sentido es positivo, porque nos lleva a buscar la solución en Cristo, el único que nos puede liberar de la condenación de la ley.

  4. LA LEY COMO AYO paidagogós “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas, 3: 24) La palabra traducida como ayo (paidagogós), definía a un esclavo que tenía autoridad sobre los hijos del amo. No era un maestro (didáskalos) sino una persona que se ocupaba del niño desde los 6 años hasta su edad adulta. Sus funciones eran varias: por un lado, debía proteger, cuidar, enseñar virtudes morales y preocuparse por todas las necesidades de sus pupilos; por otro lado, debía corregirlos y castigarlos cuando fuese necesario.

  5. LA LEY COMO AYO “Se me pregunta acerca de la ley en Gálatas. ¿Cuál ley es el ayo para llevarnos a Cristo? Contesto: Ambas, la ceremonial y el código moral de los Diez Mandamientos” E.G.W. (Mensajes Selectos, tomo 1, cp. 31, pg. 275) Al igual que el ayo de la antigüedad, la ley tiene una doble función: señalar al pecado y proveer instrucción; y reprendernos y condenarnos como pecadores. De esta forma, el código moral nos señala el pecado, nos reprende y nos condena. Por su parte, la ley ceremonial nos provee la instrucción necesaria, conduciéndonos al arrepentimiento ante Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo para obtener perdón y paz.

  6. LA LEY COMO AYO “Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo” (Gálatas, 3: 25) “¿Y qué sucedió en realidad a los hijos de Dios -en lo que se refiere a la ley, que fue nuestro ayo"- cuando vino Cristo? Las leyes ceremoniales cesaron porque Dios les había señalado un límite, pues el sacrificio de Cristo ocupó el lugar de los sacrificios de animales y por lo tanto terminaron las leyes que reglamentaban dichos sacrificios. En cuanto a las leyes civiles, también perdieron su significado por la sencilla razón de que Israel terminó como nación o Estado, y su lugar lo ocupó el Israel espiritual. En lo que respecta a la ley moral, el Decálogo, ya no se destaca más sobre dos tablas de piedra, como algo separado del hombre, sino que los que son "justificados por la fe" (vers. 24) en Cristo se convierten en nuevas criaturas en él (2 Cor. 5: 17), y tienen la ley de Dios escrita en su mente y corazón (Heb. 8: 10); de esa manera "la justicia” (o "requerimientos") de la "ley" son "cumplidos" en ellos (Rom. 8: 4). Por esta razón Pablo utiliza una figura muy adecuada cuando declara que ya no estamos "bajo ayo". Es difícil entender cómo alguien alguna vez pudo llegar a la conclusión de que Pablo está anunciando aquí la abolición del Decálogo, la gran ley moral de Dios. Mientras perduren los corazones nuevos y las mentes nuevas de los Hijos de Dios, la ley divina estará grabada en ellos con caracteres vivientes” (CBA, sobre Gálatas, 3: 25)

  7. BAJO LA GRACIA “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia. ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera” (Romanos, 6: 14-15) Cuando nuestro ayo (la ley) nos ha llevado a Cristo, ya no estamos bajo la ley sino bajo la gracia, es decir, la gracia de Dios. Esto es cierto en los dos sentidos que usa Pablo cuando utiliza el término “bajo la ley”: En cuanto a estar bajo la ley por haberla tomado como un medio de salvación, Pablo nos dice: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas, 5: 4). Son dos estados incompatibles: el que piensa que se salva por sus obras está bajo la ley y no puede estar bajo la gracia; el que acepta la salvación por la fe en Jesucristo ya no está bajo la ley, sino bajo la gracia. En cuanto a estar bajo la ley porque la ley nos condena, al recibir el perdón de los pecados y ser declarados hijos de Dios por la gracia divina, nuestros pecados ya no existen. La ley ya no nos condena más (mientras no pequemos más)

  8. BAJO LA GRACIA La gracia bajo la cual estamos cuando aceptamos a Jesús va más allá que el mero perdón de los pecados. Siendo que la Ley es la transcripción del carácter de Dios y que Él escribe esa Ley en nuestros corazones, somos transformados a su semejanza. Cuando Jesús habita en nosotros, su Espíritu nos da el poder necesario para obedecer su Ley (Romanos, 8: 4) Al ponernos bajo la gracia, somos nuevas criaturas y “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos, 8: 1) “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1ª de Juan, 2: 1)

  9. Al desobedecer los mandamientos de Dios, el hombre cayó bajo la condenación de su ley. Para hacer frente a esta caída debió manifestarse la gracia de Dios en favor de los pecadores. Nunca hubiéramos aprendido el significado de esta palabra "gracia" si no hubiéramos caído. Dios ama a los inmaculados ángeles, que están a su servicio y son obedientes a todos sus mandamientos, pero no les otorga su gracia. Esos seres celestiales no tienen el más mínimo conocimiento de la gracia, nunca la han necesitado, porque nunca han pecado. La gracia es un atributo de Dios manifestado en favor de seres humanos indignos. No la buscamos; fue enviada para que nos buscara. Dios se goza en conceder su gracia a todo aquel que la anhela intensamente. Se allega a todos en términos de misericordia, no porque seamos dignos, sino porque somos totalmente indignos. Nuestra necesidad es el requisito que nos asegura que recibiremos este don. Pero Dios no usa su gracia para anular su ley o para reemplazarla… La gracia de Dios y la ley de su reino están en perfecta armonía; caminan de la mano. Su gracia nos capacita para acercarnos a él por fe. Al recibirla y al permitir que obre en nuestras vidas, damos testimonio de la vigencia de la ley; ensalzamos la ley y la honramos al practicar sus principios por medio del poder de la gracia de Cristo; y al rendir una obediencia pura y de todo corazón a la ley de Dios, damos testimonio del poder de la redención ante el universo del cielo y frente a un mundo apóstata” E.G.W. (La maravillosa gracia, 2 de enero)

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